Indefensión aprendida.- Los peligros de la lectura.- La nueva fiebre de la participación en política institucional.

 

Iniciativa Debate Público


Indefensión aprendida

Iniciativa Debate Público

Youtube | 03/05/2013

La indefensión aprendida es un tecnicismo que se refiere a la condición de un ser humano o animal que ha “aprendido” a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de no poder hacer nada y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva, evitando las circunstancias desagradables o mediante la obtención de recompensas positivas. La teoría de indefensión aprendida se ha relacionado con depresión clínica y otros trastornos mentales ”resultantes” de la percepción de ausencia de control sobre el resultado de una situación. Esto no es del todo cierto ya que no es un buen análogo clínico (no son totalmente comparables ambas situaciones aunque a nivel “sintomático” se parezcan, es por ello que en investigación se ha usado la indefensión aprendida como análogo clínico de la depresión); es más, el comparar una situación adversa que se percibe como incontrolable (pero que realmente no lo es) con un trastorno o “enfermedad” mental sería una forma de contribuir a crear una indefensión aprendida: implícitamente se está negando la posibilidad activa (sujeto agente) de cambio que la persona tiene pasando de un lugar (locus) de control interno a uno externo en donde la persona acaba asumiendo que la responsabilidad de esa situación es suya y nada puede hacer (“estoy enfermo, deprimido, no puedo hacer nada salvo ser pasivo/=paciente”, etc.) para cambiar el medio o el contexto y mejorar su situación.

Indefensión aprendida

Los peligros de la lectura

Santiago Alba Rico | Revista Minerva | 03/05/2013

De los peligros de la lectura nos habla el canto V del Infierno de La Divina Comedia. Allí Dante se encuentra con Paolo y Francesca, los dos amantes condenados en la ciudad doliente por su pasión adúltera; y el poeta indaga compasivo por el origen de este «peligroso deseo» que los ha conducido a la muerte y a la aflicción eterna. Francesca, pálida y lacrimosa, rememora el día en que, por puro entretenimiento y sin «la menor sospecha», leía junto a Paolo los amores de Lanzarote y la reina Ginebra. Absortos en el libro, un poco ya sin color el rostro, aliento contra aliento, se sorprendieron a sí mismos al llegar al pasaje en el que «la deseada sonrisa fue besada por tal amante»; entonces Paolo, tembloroso, besó a su vez la boca de Francesca y «ya no leyeron más desde aquel día».

Francesca se justifica ante Dante acusando al libro y a su autor como testigos y alcahuetes de su abrazo («Galeotto fu’l libro e chi lo scrisse»). ¿Será tanto el poder de los relatos? Pongámoslo en duda. Resulta difícil creer que a Paolo y Francesca no se les hubiera pasado nunca por la cabeza la existencia de las bocas y los besos antes de leer juntos la frase; y que, más bien al contrario, no fueran llevados a esta lectura común precisamente por su deseo de besarse. Los libros determinan poco la realidad; más bien la secundan, la subrayan, la legalizan. Más allá de su potencia afrodisíaca, los amores adúlteros de Lanzarote y Ginebra estaban investidos de una incontestable autoridad literaria que convertía su emulación, entre las clases letradas, en un acto al mismo tiempo prestigioso y aceptable. El libro no era una orden; ni siquiera una tentación. Era algo así como un certificado de buena conducta mitológica o literaria. Lo que prohibía la Iglesia lo permitía la Literatura. Incluso en una cultura aherrojada por la represión moral, puede ser socialmente más prestigioso imitar a Lanzarote o a Ginebra que a Cristo o a la Virgen María. Paolo y Francesca se dejaron llevar por el deseo, no por la lectura, y el libro lo único que hizo –si algo hizo– fue intensificar literariamente el placer de su abrazo prohibido.

Nadie puede acusar tampoco a Goethe de provocar la epidemia de suicidios juveniles que siguieron a la publicación en Alemania, en 1774, de Las cuitas del joven Werther. Uno puede quitarse la vida por una tontería, incluso por un libro, pero es más sensato decir que el libro de Goethe recogía el «espíritu» de una época en la que el suicidio, reprobado por la moral y por la religión, era percibido, entre las clases letradas, como una prestigiosa protesta cósmica contra el Todo. Hoy, suprimida la «época», podemos leer las penas de Werther con interés, pero sin peligro alguno.

Digo todo esto porque me da un poco de vergüenza confesar que admiro locamente a Tintín, contra cuyo creador, el belga Hergé, se han escrito hace poco tantas y tan certeras críticas. Recientemente incluso se ha interpuesto en Bruselas una demanda para que los tribunales prohíban la reedición y difusión de Tintín en el Congo. No cabe la menor duda de que, incluso en sus mejores álbumes, el asexuado periodista de Hergé transporta esa visión colonial del blanco moralmente superior del que dependen los otros pueblos incluso para tomar conciencia de su igualdad, incluso para librarse del poder de los blancos. En los peores, Hergé es francamente racista y reaccionario; basta pensar, sobre todo, en los tres primeros: Tíntin en el país de los soviets, Tintín en América y el citado Tintín en el Congo. Pero como quiera que existe sin duda una relación kantiana y platónica entre la justicia y la belleza, hay que decir que la evolución artística de Hergé es siempre hacia un nivel mayor de justicia y que sus libros más bellos no se agotan en su ideología católico-scoutiana. Ya El loto azul –siempre un poco paternalista– es un álbum inquietante y provechosamente etno-descentrado; y a medida que aprende a dibujar, que complica sus historias, que enreda a sus personajes, Hergé va desprendiendo mundos que no sabe que lleva dentro y que se pueden mirar y explorar desde otros moldes humanos e ideológicos.

Confieso que toda mi formación ha girado en torno a Tintín y Marx. De niño leí todos los álbumes un mínimo de setenta veces cada uno y, cuando ya no era posible, soñaba –literalmente soñaba– que Hergé había dibujado un nuevo cómic después de muerto. Tintín no me impidió leer luego El Capital ni enredarme en una relación promiscua con el mundo árabe, donde vivo desde hace veinte años. Lo que importa de un libro es desde dónde se lee. Lo normal es que un libro se lea desde otro libro y lleve a su vez a un libro nuevo. Leído desde la Inglaterra victoriana, elKim de Kipling es una de las más fraudulentas exaltaciones del imperio británico, pero leído al mismo tiempo desde la juventud y desde Polanyi o Chesterton, es una emocionante defensa de la antropología elemental y una experiencia fuerte de cosmopolitismo empírico. En el contexto de la Rusia pre-revolucionaria, dominada por la lucha entre eslavófilos y europeístas, Los demonios de Dostoievsky es un estridente panfleto reaccionario que incluso alerta, con fanatismo delirante, de la imparable colusión entre el comunismo y el Papa; pero su atmósfera, su estructura, su pulso psicológico, lo ponen en relación con Nieve de Pamuk o con Salto Mortal de Oé, dos autores claramente de izquierdas. Lo mismo puede decirse de Hergé. A la espera de que el racismo desaparezca del mundo y cuando Europa, en todo caso, se ha venido definitivamente abajo como «proyecto universal», queda el hecho de que Las joyas de la Castafiore, con sus falsos suspenses y su asfixiante atmósfera claustral, es el equivalente en cómic de Las reglas del juego de Renoir; y que Tintín en el Tíbet, con ese blanco impulso contra la felicidad y la lógica, podría utilizarlo el plan Bolonia para explicar a Kant en la Universidad.

Lo que importa de un libro es desde dónde se lee. Lo normal es que un libro se lea desde otro libro y lleve a su vez a un libro nuevo. Si Tintín en el Congo fuese el único libro del mundo, habría que prohibir sin duda su lectura. Pero eso sucede con todos los Únicos Libros, incluidos la Biblia, el Corán y El Capital de Marx, de los que aprendemos siempre algo porque no estamos encerrados en ellos. Lo que nos defiende de los libros son otros libros como lo que nos defiende de nuestro cuerpo son los otros cuerpos. No acusemos a la lectura de los besos que damos o de los que no hemos dado. No arrojemos al fuego ni a los enamorados ni las novelas. Contra las malas, están las buenas; y contra la legalización literaria del racismo o del imperialismo o del fanatismo, habrá que encontrar o construir esa combinación platónica de justicia y de belleza desde la cual podamos despreciar Tintín en el Congo y disfrutar de Las joyas de la Castafiore; y extraer de Kim y de Los demonios las armas imprescindibles para combatir la arrogancia de Kipling y el integrismo de Dostoievski.

Fuente: http://www.revistaminerva.com/articulo.php?id=558

La nueva fiebre de la participación en política institucional

Iniciativa Debate Público

Paco Bello | Iniciativa Debate | 03/05/2013

Parece claro que la percepción del entorno se modifica y concreta según vamos quemando etapas en esta “crisis” que ya parece interminable e irresoluble. Los movimientos sociales no son ni mucho menos ajenos a esta evolución, y en el ambiente se respira una nueva concepción de lo posible. ¿Dará algo de sí a medio plazo todo este movimiento? Veamos…

Ha costado mucho, pero gran parte de la heterogeneidad reivindicativa está ahora mismo en el mismo punto del proceso de conclusiones: la calle, aunque ayude, no es la solución. Y esta es la buena noticia. La mala es que (como de costumbre) cada uno apunta hacia un lado y con una visión propositiva endogámica.

No voy a enumerar a todos los colectivos implicados en esta tarea, porque son bastantes. Tampoco a los que no han comenzado pero no descartan hacerlo. Lo que sí haré es decir lo que tienen en común. Con mejor o peor intención, lo que sí quieren todos es ofrecer un menú. Y me pregunto: ¿No tenemos suficientes menús para marear todavía más? Así no vamos a ninguna parte porque de una u otra forma desde el poder ya tienen copada la cocina en todo el espectro culinario, y no se trata de innovar en platos para la carta, sino de dejar cocinar y proponer desde su casa a los que nunca han tenido ni querido acceso a esa cocina tan sucia.

No sería justo no decir que de todo lo que se está moviendo sí hay una propuesta que me ha parecido razonable, y me lo ha parecido porque además de intentar implicar a todos los grupos, no ofrece una visión partidista, sino una solución práctica y viable. No diré más porque aún se está en periodo de conversaciones, y hay que ver a dónde nos lleva; pero no puedo negar que con todas las dificultades que plantea me parece que como mínimo es válida en su concepto.

Sigo pensando en cualquier caso, que la que verdaderamente me parece rompedora a la par que utópica (como sociedad estamos muy lejos de entenderla y asumirla), es la que proponemos con ILC y Club Iniciativa, pero dejaremos las lágrimas para otra ocasión.

Lo que sí pediría a todo el que pretenda aglutinar voluntades es un par de principios.

El primero sería el de solidaridad. Y esto implica no aprovechar la situación para obtener réditos, ni para acercar el ascua a la propia sardina, aunque queramos después compartirla. Seamos limpios por una vez, aunque solo sea porque la situación es desesperada para muchas personas, y porque de seguir así lo será para muchas más. Seamos honrados, íntegros y generosos más allá de nuestra idea de generosidad.

El segundo sería el de racionalidad y no injerencia. O logramos una justificable seguridad de victoria, o no nos presentemos a nada. No sumemos más discordancia a aquello que ya es hoy un gallinero y por tanto ha perdido el prestigio. No aprovechemos el río revuelto para acabar legitimando esta farsa.

Unámonos para cambiar este marco legal de impedimentos y servilismos. Abramos un nuevo periodo de libertades estructurales, y entonces sí, debatamos por ideologías si es lo que queremos (no es lo que yo quiero, pero sería un gran avance). Pero como mínimo: eso.

Hay muy pocas posibilidades de que alguna de las propuestas fructifique, pero si es que es posible, lo será si no se intenta engañar a nadie. Puede que falte cultura política, pero no intuición. Esperemos que todo el mundo lo tenga en cuenta.

La nueva fiebre de la participación en política institucional

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