República no es democracia…

 


                                                             

Iniciativa Debate Público

Jorge Gaupp-Berghausen / La Marea

Sobre el papel, España hoy es ya una república. Podría decirse que es una república “con bicho” (es decir, que hay que mantener a una familia parasitaria), pero una república al fin y al cabo. Este “bicho” no es más que uno más de los que pertenecen a la élite política y económica, para los cuales casi nunca se aplican las leyes del Estado. Este hecho deteriora uno de los rasgos básicos de una república: la igualdad ante la ley. Pero no los demás: elección periódica de gobernantes, división de poderes, imperio de la ley, derechos civiles. Algunos de éstos también están deteriorados hoy en día, como la separación de poderes o los derechos civiles. Pero, como pasa con la igualdad ante la ley, seguirían casi igual de mal cambiando un rey por un Jefe de Estado. Aunque éste sería un paso positivo para acercarse a la república ideal, sólo sería uno más, y no el más importante, pues el Rey hoy tiene poco poder comparado con otros “poderes” ajenos a los principios y normas republicanas, como son las empresas bancarias o los grandes inversores.

Las repúblicas se crearon buscando acabar con las tiranías (poder absoluto del rey y la Iglesia). Como en España se considera que fue durante la II República cuando más explícitamente se intentó disminuir este poder tirano, a la vez que la población observa reminiscencias (algunas simbólicas) de este poder, pedir una “III República” se considera algo de izquierdas. Sin embargo, en países donde estas reminiscencias no están o no son evidentes, el concepto de república no tiene ninguna connotación de avance social, sino incluso lo contrario, pues república sigue entendiéndose en su acepción original: gobierno de las élites o de los “mejores”.

Es lógico que muchas personas quieran hoy una “república de verdad” para que se cumplan al menos los rasgos básicos de arriba. Pero aunque se cumplieran a rajatabla, nunca sería una democracia, precisamente porque, aunque se respetaran más derechos, seguiría siendo central la “elección periódica de gobernantes”. Sí, las elecciones, aunque parezca mentira, son algo opuesto a la democracia, si entendemos ésta como el poder ejercido por el pueblo. O al menos así lo fue durante más de 22 siglos.

Desde Platón, que elaboró las categorías básicas, a los diálogos entre los fundadores de la República estadounidense en el siglo XVIII (pasando por Cicerón en la época romana, Maquiavelo en el Renacimiento, etc.) se daba por hecho, con bastante lógica, que elegir por votación no era democrático, pues para ser electo se necesitan unos apoyos y recursos que no tiene cualquiera. Y que, una vez en el poder, el elegido pasa a formar parte de una élite minoritaria (si no lo era ya), con poder para blindarse e incrementar sus privilegios. Aquí ya no es el pueblo el que gobierna. Esta situación se ve incrementada hoy en día con la enorme concentración, influencia y globalización del poder económico. Para Aristóteles, el Gobierno electo por sufragio es sinónimo de Aristocracia u Oligarquía (poder de unos pocos), nunca Democracia (poder del pueblo o de “los muchos”). Para que fuera democracia, o se incluía a todos los ciudadanos afectados en la toma de decisión, o bien se debía usar el sorteo, el principal medio de selección de gobernantes en la Atenas de Pericles (cuando se fundó la idea de democracia).

Pero a partir de las revoluciones norteamericana y francesa y con el auge del liberalismo en el siglo XIX, se va equiparando artificialmente “República” con “Democracia”. Más concretamente con “Democracia Liberal” que en su definición es lo mismo que la República más un pequeño matiz: respeto sagrado a la propiedad privada. Éste es el sistema que tenemos hoy: una república con ingrediente extra de propiedad privada (ingrediente básico, por cierto, para destruir la propia república al blindar al poder económico, al que no se aplica ni división, ni control, ni elección, ni derechos civiles ni gaitas, consiguiendo así que crezca hasta gobernar más que los propios poderes ejecutivo, legislativo y judicial). Así es como se ha acabado pervirtiendo absolutamente el término democracia, algo parecido a lo que hacen hoy los neoliberales con “libertad”, al equipararla a “libertad de mercado”, que es casi lo opuesto, pues quien no tiene dinero en el mercado no tiene libertad.

Por este motivo, durante todo el siglo XIX y el XX, a los que proponían un sistema democrático desde diferentes doctrinas se les ha llamado “libertarios”, “comuneros” “anabaptistas”, “anarquistas”, “radicales”, “utópicos”, etc., porque la palabra democracia ya estaba “cogida” por los republicanos liberales. De la misma manera, al “absorber” el concepto de democracia al de república, esta última queda vacía de contenido. Para “llenar” este hueco, en muchos lugares como España, el concepto de república queda reducido, una vez más de forma artificial, únicamente a la antítesis de la monarquía.

No es hasta mediados y finales del siglo XX que algunos teóricos de la izquierda se dan cuenta de la “jugada” e intentan reapropiarse poco a poco del verdadero significado de democracia. Es entonces cuando se inventan los conceptos “democracia participativa” y “democracia directa” (los adjetivos deberían ser redundantes, pero ya no se puede hacer otra cosa). Al mismo tiempo, en el plano práctico, se empiezan a popularizar prácticas ya conocidas como el referéndum vinculante, la Iniciativa Legislativa Popular o la votación directa de medidas, y se experimentan otras nuevas como los Presupuestos Participativos, consejos vecinales (en Latinoamérica en los 90, tras experimentar duramente lo que pasa al juntar neoliberalismo y república), dinámicas asamblearias, cámaras de ciudadanos elegidos por sorteo, etc.  La idea es sencilla aunque la forma de llevarla a cabo sea variada y compleja: que el poder político y la responsabilidad que implica, siempre que sea posible y con los mecanismos que haga falta, sea delegado a la población, en vez de concentrarlo en el Estado o el Capital.

En este sentido, también se recuerda que el poder no sólo es político. En el plano económico, se vuelve a apreciar en las últimas décadas el valor democrático de las cooperativas, la recuperación de fábricas y de tierras, autogestión de espacios, y más recientemente gestión comunitaria de recursos (huertos, energía, salud, educación…). En el plano cultural y simbólico surgen ateneos, revistas, corrientes transformadoras de arte y literatura, etc.

Muchos de los principios republicanos no dejan de ser útiles (como los derechos civiles, separación de poderes, etc.) para debilitar el poder de la élite y prevenir la tiranía. Pero es útil entender la trampa de la “elección periódica de gobernantes”, para poder ir más allá y avanzar (si se quiere) hacia mecanismos realmente democráticos.

República no es democracia

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