Por una Troika para los de abajo: bajar a lo concreto desde la izquierda.- Contemplar la Historia pasma.

 

Iniciativa Debate Público

Brais Fernández / GRUNDmagazine

La contradicción esencial de este periodo histórico es la discordancia entre la profundidad de la crisis capitalista y la debilidad de la subjetividad antagonista. La tarea de construir una alternativa revolucionaria es más urgente que nunca y a la vez, más lejana. Como siempre, la perspectiva de construir hegemonías implica trabajar a varios niveles: aprovechar los escándalos del régimen para acelerar la deslegitimación, reconstrucción de una cultura de clase común partiendo de los cambios operados en los últimos 30 años, convertir las aspiraciones y el descontento de las clases subalternas en alternativa política. Para ello, no hay otro punto de partida que asumir la derrota histórica sufrida tras la onda revolucionaria en torno al 68, que culmina con la transformación de la burocracia stalinista soviética en una mafia integrada en las dinámicas del capitalismo global, abriendo paso a la era neoliberal que deconstruye la vieja composición de clase. La antiguas identidades y comunidades son barridas de la historia, sobreviviendo reductos que, al contrario que en la era keynesiana, no marcan la dinámica socio-política.

Dicho esto, las generalidades sirven para hacer teoría política pero no son muy útiles para una practica cotidiana. Se está instaurando en la izquierda una confusión muy peligrosa entre perspectiva estratégica y programa político. Está claro que el “ellos” está siendo representado por el sistema político y financiero, mientras que el “nosotros” se representa en una ciudadanía precarizada y difusa. La contradicción capital-trabajo no se representa ya como el obrero fabril contra el empresario-patrón, excepto en casos concretos, importantes, pero que no representan la dinámica general. Así pues, la vieja idea leninista de separar lucha económica y política queda completamente desfasada, planteándose una confrontación desde una perspectiva más totalizadora, aunque sobreviven reductos de trabajadores que tienen capacidad estratégica para luchar corporativamente. Al contrario de lo que parecía, la posmodernidad neoliberal no permite espacio para el desarrollo de marginalidades identitarias, si no que vincula al 99% mediante la precariedad, el expolio, la proletarización masiva. Por supuesto, los nexos comunes no excluyen las pluralidades, si no que las vinculan. El 15M o las mareas son ejemplos de estas tendencias, que, por usar un vocablo marxiano, no terminan de objetivizarse. A pesar de todas las múltiples resistencias, no se ha producido todavía la generación de un bloque histórico en el sentido al que se refería Gramsci, eso es, un espacio de clase con una aspiración común. No es nada extraño: al contrario de lo que creía un sector del 15M cuando se llenaron las plazas, no vamos lentos porque vamos lejos. Vamos lentos porque partimos de un nivel muy bajo.

La crisis del activismo

Reflejo de la discordancia entre situación objetiva y factor subjetivo, entre crisis y conciencia, es la desconexión existente entre activistas y no activistas, entre izquierda y clase. La causa última es que, al no existir una movilización antagonista potente, no hay un movimiento que genere sus propios militantes, surgidos desde abajo, producto de las luchas. El 15M generó una capa de “participantes” diversos, con ciertos lugares comunes, pero más que generar algo nuevo, el resultado temporal parece haber sido una renovación parcial de lo existente o un nuevo campo abonado a la dispersión y la impotencia. Hoy en día, los activistas no somos vanguardia, porque una vanguardia es parte de un cuerpo social. Somos unos pocos tratando de incidir en una situación que, como es natural, nos sobrepasa. Estamos fuera.

Ante esta situación, y a riesgo de ser un poco esquemático (opinar siempre conlleva riesgos), las actitudes entre los activistas se pueden dividir en tres. La primera, refugiarse en el identitarismo izquierdista, en cualquiera de sus variantes: ponerse una bandera soviética como capa, dibujar símbolos anarquistas en las paredes, refugiarse en un centro social confundiendo espacios de autovalorización con ghetto. Esta actitud nostálgica no trata de incidir en el futuro, si no de asociarse con un pasado que ya no volverá. La historia es implacable y deja muchos cadáveres que todavía no son conscientes de serlo. La afición por el mcarthismo de esta “izquierda nostálgica” convierte sin duda en tarea urgente el organizar un entierro. La segunda actitud consiste en renunciar por completo a construir contrahegemonías, a la propuesta política y a trenzar estrategias, parasitando electoralmente el descontento. Esa parece ser la actitud de la burocracia de IU (que no buena parte de su militancia): si no hago nada, si no me muevo, si no asusto y el PSOE se descompone, me votarán a mi. La política ya no es interactuar, solo es una espera. Si entendemos política como transformación, esta perspectiva no tiene nada de política. Se trata de mera gestión, una visión completamente administrativa de los hechos sociales. Una visión presentista, sin ambición, que renuncia a jugar en el campo del futuro. Por último, existe un sector del activismo que busca conectar los tiempos (pasado-presente-futuro), combinando estrategias para buscar vías de ruptura. Como Marx ya supero hace más de siempre 150 años la separación artificial entre sujeto y objeto, me permitiréis que me identifique con este tercer sector, que, sin tener respuestas concluyentes, al menos las busca.

Este sector ni mucho menos es inmune a la separación entre activistas y clase. Volviendo a lo que decía más arriba, quizás en el terreno que más se exprese es en la incapacidad de este sector de articular un programa concreto, transicional, de ruptura, que parta de las preocupaciones cotidianas de la mayoría social. Como ejemplo concreto, y puesto que este artículo tiene la vocación de ser parte de una polémica práctica, está la transformación de un objetivo estratégico que parte de una realidad concreta (crisis de régimen, necesidad de dar una respuesta por abajo a esa crisis) en una consigna: ¡abajo el régimen!, completamente autorreferencial e incluso academicista, de circulo cerrado. El problema es en parte metodológico, en parte político. Por una parte, el eterno problema de la confusión entre niveles de debate y lenguaje . La teoría tiene una autonomía relativa, es necesaria para generar (o mantener) cualquier realidad social, pero no se puede disociar del método de Marx, que era fundamentalmente hipotético-deductivo. La hipótesis teórica de derribar el régimen debe contrastarse con las preocupaciones, lenguajes y nivel de conciencia de quienes lo van a derribar, para pasar de la necesaria abstracción a lo concreto. Se trata de convertir el objetivo estratégico (abajo el régimen) en un programa político compuesto por una serie de demandas agregadas comunes a toda la clase y sectores próximos a ella.

Podemos poner algunos ejemplos, similares pero diferentes. En 1917, en medio de un movimiento de masas revolucionario, los bolcheviques asumieron (que no inventaron), las consignas ¡pan, paz y tierra!, la cual supuso la base de la configuración de su programa revolucionario para derribar el régimen zarista. El objetivo estratégico para Lenin estaba claro, pero se fue configurando a base de asumir demandas y ganar credibilidad. La experiencia de SYRIZA (con todos sus límites) parte de un esquema similar. El rechazo a determinadas políticas y situaciones se evoluciona hacia la asunción por parte los de debajo de una alternativa política. Uno de los grandes méritos de SYRIZA es precisamente ser capaces de generar un lenguaje común entre activistas y la mayoría social que sufre las políticas de la troika en aras de un objetivo común: derribar al régimen de la miseria Esta conexión se ha logrado en base a la capacidad de los activistas de componer un programa político de ruptura “depurado”: auditoría de la deuda, banca pública, anulación del memorandum. Es decir, son las propias medidas propuestas y su agregación en una alternativa política las que se tornan estrategia, las que, desde lo concreto, prefiguran el horizonte de transformación social.

Por una troika para los de abajo: deuda, derechos y democracia

La diferencia entre las anteriores situaciones y la del Estado Español (obviando los casos en donde la independencia nacional se ha impuesto como vía de ruptura con el régimen) es la inexistencia de movimientos de masas estables y antagonistas, que, aunque resulte una obviedad, no se pueden inventar. Solo podemos prepararnos, alimentar los conflictos y convencer pacientemente con el objetivo de que las resistencias se tornen en un bloque histórico alternativo. Eso no significa que no se pueda hacer nada, ni mucho menos. La vocación de conectarse a lo cotidiano, si aceptamos la necesidad de una guerra de posiciones, es una aspiración básica para cualquier revolucionario.

Es necesario repensar las consignas de un programa político funcional sin confundirlas con la estrategia. Como punto de partida, parece que hay tres ejes políticos fundamentales en torno a los que concretar el activismo: deuda, derechos y democracia. La conexión entre los tres ejes es potente: se desmantelan los derechos-servicios públicos para pagar la deuda, el pago de la deuda esta diseñado desde una perspectiva antidemocrática y corrupta, la deuda es un pago que nos impide generar beneficios colectivos y combatir problemas urgentes, como por ejemplo, el paro. Se trata de convertir los problemas en respuestas capaces de vincularse a la cuestión del poder y de la socialización de los recursos económicos. Quizás ahí esté nuestra troika de demandas en torno a las comenzar a trabajar en concretar nuestra estrategia política.

La complejidad de la realidad nos dificulta profundamente el pensar en concreto. La herramienta cognitiva de la conceptualización se desenvuelve con más comodidad en el campo de las generalidades. El esfuerzo de comenzar a conectar táctica y estrategia parece enorme, pero urgente: requiere antes que nada pensar la teoría y la practica como parte de una unidad para anticiparnos a los acontecimientos. Hace poco, Francisco Louça abandono la primera línea política para dedicarse a la configuración programática para un gobierno de izquierdas. Más que una retirada, me parece un enorme paso hacia adelante. El convertir las generalidades en aspiraciones concretas y viceversa es, al fin y al cabo, comunismo: ligar teoría y praxis en un “movimiento real que destruya el estado de cosas actual” (Marx-Engels).

 

Contemplar la Historia pasma

Iniciativa Debate Público

Suso del toro / Eldiario.es

Ya sé que habrá quien me llame sectario, pero creo que lo que está ocurriendo ahora es que, una vez más, la derecha española destruye España y así será visto en el futuro. O quizá lo que esté ocurriendo es que España es inevitablemente patrimonio de la derecha y ésta no tolera otra cosa. En cualquier caso, asistimos a un verdadero proceso autodestructivo. Lo que estamos viviendo debe ser visto con la perspectiva de la historia.

El proyecto nacionalista español no quiso crear un Estado a partir de los reinos que, mal que bien, pervivían a comienzos del siglo XIX, y fueron los liberales quienes implantaron un modelo de Estado inspirado en el centralismo borbónico y que copiaba de la república francesa la división en capital y provincias. Eso inspiró las guerras carlistas, la revolución gallega de 1846, el federalismo republicano de Pi i Margall y el catalanismo de Valenti Almirall. El siglo XX es testigo de que el Estado español no cuajó en ninguna de las formas que ensayó: la dictadura de Primo y el régimen totalitario franquista sólo aplazaron el problema, porque es un problema, y en el siglo XXI eso sigue abierto.

El nacionalismo español quiere tener bajo su dominio a la sociedad vasca y catalana; la gallega no muestra hasta el momento capacidad significativa de autodeterminarse. Zapatero hizo un último intento de establecer un pacto de convivencia interno. Pero, igual que ocurrió con la ley de Memoria Histórica y con tantas otras cosas, la derecha, y también sectores de su propio partido, lo desvirtuaron y lo malograron. Ahora están las cosas planteadas de otro modo desde Catalunya: han aprendido la lección y ya no cuentan con una interlocución de buena fe por parte de ningún Gobierno español, mucho menos del actual y, de un modo u otro, como el agua, buscarán un camino propio.

Pero, acercándonos más en la historia, esta derecha se está cargando el Estado social que se pactó implícitamente en la Transición. Las décadas de esta restauración borbónica y también democrática se basaron en un pacto que prometía una estabilidad económica y social y hacía pensar en una lenta pero constante mejora de las condiciones de vida del conjunto de la población. Ese pacto tomó la forma de un “consenso” entre los dos principales partidos estatales alrededor de la monarquía.

Un consenso que, si ya era dudosamente democrático en un principio, acabó por ser un apaño bipartidista. Eso también fue propiciado por la propia sociedad española, temerosa aún de los militares y de una derecha sanguinaria, que creyó ver estabilidad en ese bipartidismo. Pero ya con la llegada de Aznar se rompió el consenso de fondo. Aznar y Rajoy combatieron ambos la Constitución en su día, aunque ahora juren por ella.

Un PP absolutamente minado por la corrupción sostiene a un Gobierno que en un país democrático normal habría tenido que desembarazarse de varios ministros y de su propio presidente pero que, sin embargo, careciendo de autoridad moral y sin respaldo de la opinión, está llevando a cabo una reforma radical de las reglas del juego social. El PP está destrozando la sociedad con tanta radicalidad y crueldad, y está privatizando lo que es público para bolsillos particulares, que lo lógico es que desencadenase una revuelta social en toda regla. Que no ocurra supongo que lo explica únicamente el miedo a que eso empeore la situación y lo paguen los mismos de siempre.

El PP es un partido podrido pero que está destrozando nuestras vidas, sí, y está en crisis porque la crisis económica no sólo se cargó al Gobierno anterior sino también al nuevo. Pero este Gobierno se sostiene porque el PSOE es incapaz de hacer una reflexión que tendría que ser demasiado profunda. Se refundó en el congreso de Suresnes y tendría que refundarse de nuevo ahora si quisiera ser útil, pero está extenuado y está siendo la muleta necesaria de este Gobierno.

La crisis de los dos partidos es la crisis del sistema político, y ninguno de los tres pilares del sistema tiene la capacidad de ser autocrítico y reinventarse. Los tres piensan en lo mismo, en cómo marear la perdiz y que vaya pasando el tiempo.

La Casa Real sólo piensa en cómo tapar el caso Urdangarin, que alcanza al propio rey; el PP en cómo diluir y emborronar el caso Bárcenas, que en realidad es su propia historia como partido, y la dirección del PSOE en ir ganando meses contando con que ya pasará el chaparrón. Entregan su destino a la eficacia de las cortinas de humo.

Invocando el sentido de la responsabilidad que les obliga a la prudencia ocultan su incapacidad. Y deseando que nada cambie, que no se toquen las instituciones, que es decir ellos mismos, están provocando una crisis explosiva que se los puede llevar por delante. Es pasmoso.

Google Images

Contemplar la Historia pasma

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Libros.