Poema de Olga Orozco

 

Son apenas dos piedras.
Nada más que dos piedras sin inscripción alguna,
recogidas un día para ser sólo piedras en el altar de la memoria.
Aun menos que reliquias, que testigos inermes hasta el juicio final.
Rodaron hasta mí desde las dos vertientes de mi genealogía,
más remotas que lapas adheridas a ciegas a la prescindencia y al sopor.
Y de repente cierto matiz intencionado,
cierto recogimiento sospechoso entre los tensos bordes a punto de estallar,
el suspenso que vibra en una estría demasiado insidiosa,
demasiado evidente,
me anuncian que comienzan a oficiar desde los anfiteatros de los muertos.
¿A qué aluden ahora estas dos piedras fatales, milenarias,
con sus brillos cruzados como la sangre que se desliza por mis venas?
A fábulas y a historias, a estirpes y a regiones
entretejidas en un solo encaje desde los dos costados del destino
hasta la trama de mis huesos.
Exhalan otra vez ese tiempo ciclópeo en los dioses eran mis antepasados
-malhechores solemnes, ocultos en la ola, en el volcán y en las estrellas,
bajaron a la isla a trasplantar sus templos, sus represalias, sus infiernos-
y también esos siglos de las tierras hirsutas, emboscadas en el ojo del zorro,
hambrientas en el bostezo del jaguar, inmensas en el cambio de piel de la
(serpiente.
Pasan héroes de sandalias al viento y monstruos confabulados con la roca,
pueblos que traficaron con el sol y pueblos que sólo fueron dinastías de eclipses,
invasiones tenaces como regueros de hormigas sobre un mapa de
(coagulada miel;
y aquí pasan las nubes con su ilegible códice, excursiones salvajes,
y el brujo de la tribu domesticando a los grandes espíritus
(como un encantador de pájaros
para que hablen por el redoble de la lluvia, por el fuego o el grano,
por la boca colmada de la humilde vasija.
En un friso de nieblas se inscribe la mitad confusa de mi especie,
mientras cambian de vestiduras las ciudades o trepan las montañas o se
(arrojan al mar,
sus bellos rostros vueltos hacia el último rey, hacia el último éxodo.
Un cortejo de sombras viene del otro extremo de mi herencia,
llega con el conquistador y funda las colonias del odio, de la espada y la codicia,
para expropiar el aire, los venados, los matorrales y las almas.
Se aproxima una aldea encallada en lo alto del abismo igual que un arca rota,
una agreste corona que abandonó el normando y recogieron los vientos
(y las cabras,
mucho antes que el abuelo conociera la risa y los brebajes para expulsar
(los males
y la abuela, tan alta, enlutara su corazón con despedidas y desgastara
(los rosarios.
Ahora se ilumina un caserío alrededor del espinillo, el ciego y el milagroso
(santo;
es polvareda y humo detrás de los talones del malón,
(de los perros extraídos del diablo,
poco antes que el abuelo disfrazara de fantasmas las viñas, los miradores,
(los corrales,
y la abuela se internara por bosques embrujados a perseguir el ave de
( los siete colores
para bordar con plumas la flor que no se cierra.
Y allá viene mi padre, con el océano retrocediendo a sus espaldas.
Y allá viene mi madre flotando con caballos y volanta.
Yo estoy en una jaula donde comienza el mundo en un gemido
( y continúa en la ignorancia.
Pero detrás de mí no queda nadie para seguir hilando la trama de mi raza.
Estas piedras lo saben, cerradas como puños obstinados.
Estas piedras aluden nada más que a unos huesos cada vez más blancos.
Anuncian solamente el final de una crónica,
apenas una lápida.

Olga Orozco

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