¿Qué es la humanidad?

 

 

Iniciativa Debate Público

Paco Bello | Iniciativa Debate | 04/12/2012

Que yo crea que a estas alturas nadie es ajeno a la nociva realidad del sistema capitalista, y que en realidad esto sea cierto, no son la misma cosa. Por ello, quizá sea conveniente volver a hacer las mismas preguntas de siempre para comprender hasta dónde hemos aceptado el absurdo.

¿Qué es la humanidad?

Tendemos a considerar nuestra especie como un todo con objetivos comunes. Si esto es cierto continuamos, o de lo contrario lo dejamos aquí. Vamos a suponer que esto es cierto, así que continuamos.

¿Qué objetivos son esos?

En buena lógica aquí entrarían los grandes valores, como la búsqueda de la felicidad, el desarrollo personal y colectivo, la paz, la sostenibilidad…

¿Qué modelo social parece sensato para su consecución?

Aquel que facilite su evolución, y para ello la especie humana se organiza incentivada por los grandes valores comunes. El desarrollo de la democracia parece el camino.

Siendo así, el conocimiento generado por el colectivo se pone al servicio de todo aquello que provea prosperidad. Se hace patente que “a cada cual según su necesidad y de cada cual según su capacidad”. La inteligencia colectiva determina la moderación en todos los ámbitos sociales, y la regulación acordada nos defiende de nuestros defectos. Tu libertad acaba donde empieza la de otro, intentando tener presente en esta compleja ecuación el mayor número de variables posibles.

Una buena distribución del trabajo, y un consumo racional de recursos, consiguen que el tiempo que debemos dedicar al propio mantenimiento del modelo se reduzca a mínimos. La sanidad, la protección social, la tecnología, la educación, y la automatización de procesos manuales se encuentran siempre al máximo nivel de desarrollo posible en constante equilibrio con lo sostenible.

El premio para los más capaces es el reconocimiento y agradecimiento de su sociedad. También es una forma de devolver lo que esta le ha procurado, tanto en medios como en educación y que de otra forma no hubieran sido posibles. Y todo ello mientras se puede disfrutar de realizarse vocacionalmente. Esto es lo que hemos denominado para las relaciones en la naturaleza como simbiosis, o mutualismo, y que para el género humano definimos como cooperación. Nos beneficiamos de nuestra diferencia y todos ganamos.

¿Lo hemos logrado?

Es evidente que no, y que el panorama dista infinitamente de esta idílica pero posible, racional, y deseable realidad.

Nuestra sociedad forjada sobre la ignorancia y el egoísmo histórico, sigue arrastrando la concepción de la ley del más fuerte y brutal, y no la del más inteligente.

Una falsa democracia gestada desde las ruinas de la dominación de una casta de bárbaros, incentiva lo peor de la propia especie para que nada cambie. Y tan nociva es su progresión, que hasta nos aleja no solo de la primitiva libertad de los pequeños grupos, sino también de los periodos bajo la tutela de gobernantes “bondadosos”.

El incentivo no se llama progreso, sino lucro. Y nada tiene puesto el objetivo en el beneficio de la sociedad, sino en la de pequeños grupos de parásitos que no aportan ningún beneficio al huésped.

La competencia irracional y desmesurada no logra beneficiar a la humanidad, sino parir muchos más consumibles de los que dictaría una lógica de la sostenibilidad. No se cubren las necesidades, sino que se generan nuevas cuando las previas ya están cubiertas. El monstruo no puede dejar de engullir, o muere.

Y a remolque de esta tesitura, el absurdo se retroalimenta generando demanda. Dejamos de comer nuestras manzanas y naranjas porque han llegado papayas y mangos, aunque para ello se precisen transportes que eran innecesarios para la exportación e importación. Estos transportes precisan materias primas tanto para su construcción como para su desempeño, así que la minería y el combustible se produce y extrae de otros países que a su vez necesitarán infraestructuras y transportes extra para proveer en este caso. ¿Era necesario pagar este precio por comer papayas y mangos? ¿Era necesario simplemente el comer esas frutas? ¿Si calculásemos el precio ecológico y social de una de estas papayas cuánto debería valer? ¿10.000 euros el kg?

Esto se puede trasladar a casi todos los productos y servicios en nuestro mundo globalizado. Si todo se hiciese en beneficio de la humanidad, no quiere decirse que no pudieran existir los ordenadores, o los teléfonos móviles, o los vehículos personales, o que no pudiéramos comprar una copa de diseño alemán, o una corbata de seda de Sevastopol. Lo que es seguro es que en muchos casos habría una tasa y un plazo de reposición, y que también contaríamos con un modelo desarrollado por los profesionales mejor preparados de cada campo del sector público y con la mejor de las intenciones. Lo que es seguro es que en un mundo pensado para todos, lo superficial no tendría buena prensa, y el precio de lo accesorio estaría bien calculado, y supondría un esfuerzo equivalente a su valor real.

En un mundo para las personas, nunca estaría permitido lucrarse con la sanidad o la educación, ni existiría un solo país sin banca pública. En un mundo para la sociedad, bajo ningún concepto se pondría el sector primario en manos privadas, y tanto la energía como las comunicaciones pertenecerían al sector público. En un mundo normal, todo aquello que demostrase ser de utilidad pública, pasaría a tener alternativas públicas de primer nivel, empezando por la farmacéutica, y acabando por la generación y distribución de alimentación.

Al final solo se trata de abandonar el egoísmo que nos impide ver que por nuestra ignorancia y/o comodidad y/o sometimiento, estamos beneficiando a una pequeña parte de sociópatas y/o egocéntricos que nos han manipulado hasta el extremo de no recordar qué objetivos son prioritarios.

Al final solo es necesario recordar que cada vez que se habla con esa suficiencia insultante desde los medios de comunicación de incentivar a las grandes empresas privadas o a los mercados, en realidad se están riendo de nosotros mientras aprietan más la soga en nuestros cuellos de súbditos vocacionales.

Al final, más allá de maravillosos objetivos, aunque solo sea por dignidad, lo que es necesario es asimilar el crimen a cámara lenta que se está produciendo, y además de empezar a racionalizar (con todo lo que esto significa) nuestro consumo, también empezar a ser proporcionales en la respuesta a la agresión a la que estamos sometidos.

Para empezar, deberíamos unirnos. Pero para eso hace falta volver a la primera pregunta, y responder con sinceridad. Si la respuesta es negativa, nos queda volver a esperar a un líder bondadoso, o seguir caminando por el desierto.

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