No puede haber tanto imbécil

 

Opinión | por Iniciativa

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Paco Bello Iniciativa Debate 18/8/2012

En este mundo nuestro hay de todo y para todos los gustos: eso está bien. Y así es en general, estando además esa diversidad bien repartida. Hay quien vive para una moto, una bici, o un poni de Mongolia, y alrededor de esto quizá además logra una socialización que le resulta cómoda. Hay quien prefiere el baile, el teatro, el gimnasio, el arte, la cocina, la familia, la permacultura, el encaje de bolillos, el sofá o mirar al techo. Hay quien vive en su burbuja como si lo que ocurre fuera de su espacio vital le fuera ajeno. Y son personas estas, que si bien no aportan nada, tampoco estorban conscientemente. Hay quien es incapaz de adaptarse a un sistema injusto de clases y castas, de explotadores y explotados, de corrupción, nepotismo, y viejas y nuevas aristocracias. Hay quien lucha por cambiarlo ayudando a todo el que puede, saliendo a la calle, gritando su indignación y su hartazgo, e incluso arriesgándose a condenas por soñar una sociedad más lógica y humana. Y luego hay una categoría que si bien no es nueva sí está creciendo como una plaga. Me refiero a los imbéciles, y de estos quisiera hablar.

No me estoy refiriendo a los maledicentes difamadores que engrosan las plantillas del estrellato periodístico, porque estos, por despreciable que sea su comportamiento; por mucho que destrocen su propia profesión apisonando los valores que debieran portar como bandera, y por más que puedan resultar ridículos en muchos casos para cualquier ojo mínimamente entrenado… estos (con excepciones) no se creen sus propias mentiras, y son, por consiguiente, plenamente conscientes de su función.

Tampoco me refiero a ciertos políticos transfigurados en una versión cutre de Maquiavelo, acostumbrados a confundir conceptos básicos, aunque siempre acertando a convertirlos en un útil personal. Torticeros de vocación, capaces de vender a su madre por mantener sus privilegios. Estos saben que su reino sí es de este mundo, y para nada van a permitir que la decencia se interponga entre su (in)conciencia y su estatus.

No hablo por tanto de los sinvergüenzas, ególatras y fariseos que componen el prescindible último eslabón de esta peculiar cadena trófica del egosistema. De las quimeras que combinan las particularidades del superpredador y el parásito, y que navegan por el medio institucional y su extensión en las redacciones como un tiburón con su rémora.

De hecho, tampoco incluyo en este grupo a los espabilados que con argumentos seudocientíficos y mezclando hábilmente churras con merinas, consiguen con mayor o menor fortuna echarse algo al zurrón. No entraré en valoraciones éticas, pues el que se deja engañar por un tontilisto, es plenamente responsable de formar su criterio para no ser estafado. Otro asunto es el daño que estos aprovechados hacen a las personas que investigan seriamente y que se ven mezclados en el mismo saco con estos soplagaitas.

En realidad señalo a una auténtica plaga, que si bien no padecemos en este medio nuestro, está tomando cuerpo y extendiéndose a una velocidad de vértigo por la red invadiendo con su “opinión” los módulos de comentarios de la mayoría de páginas web.

Con la que está cayendo, y con la cantidad de personas que en el mundo real no tienen un trabajo, una sanidad digna, o la posibilidad de comprarle lo mínimo necesario a sus hijos o familia. Con la incertidumbre que acompaña a tantas personas sobre su futuro, y mientras vemos cómo se radicaliza la presión sobre la población de toda condición; hay quien se dedica a convertir su frustración en una caza de brujas con escoba y verruga.

Lectores de titulares, y engreídos con más miedo que vergüenza que sin cultura ni información, y sin propósito de enmienda, escupen sus sentencias sin temor a eso tan vulgar que es la duda y el juicio. Valientes de anonimato en ristre que no durarían un asalto dialéctico cara a cara con alguien normal, pero que por desgracia condicionan a algunos de sus iguales, incapaces como ellos de distinguir el grano de la paja.

Es triste que en una sociedad se pueda convencer a tanta gente de la propia valía con tres reflexiones estrambóticas, cuatro latinajos y cinco aforismos made in google, pero el hecho es que ocurre, pues solo hay que ver a nuestros representantes. He llegado a creer que no era posible que ese porcentaje de estupidez existiera realmente, y hasta me he planteado que fueran unos pocos elementos a sueldo dedicados a desmotivarnos. No obstante… ¿hay que negar la mayor por deprimente que sea?

Ojalá todo esto fuera fruto de una conspiración. Pero bastantes conspiranoias hay ya para añadir una más. Parece que en este país no eres nadie si no tienes una mano que meza la cuna y que dé de comer a la imaginación de tanto acobardado incapaz de escuchar otra cosa que la voz de su vergüenza. Parece que hay quien sea incapaz de creer que hay personas idealistas y que se mueven por su propio impulso.

¿Quién está detrás de vosotros, incrédulos? Os lo diré: el complejo de inferioridad y la impotencia. También la incapacidad de coger las riendas de vuestra existencia, y la pereza: esa que impide que os forméis como personas juiciosas y que prefiráis destruir para mitigar vuestros traumas.

No hay fuerzas oscuras (y están muy claras) más que las que no quieren perder su preeminencia y las que salen en televisión. No hay más reptilianos que los de aquella serie americana. No hay espíritus sino fantasmas. No hay más organización oculta que una llamada interés y codicia. Ni grupos de ultraderecha con capacidad de movilización fuera del PP. Ni niveles de percepción extrasensorial diferentes de la capacidad para captar el aroma de un inexistente bistec cuando llevas varios días comiendo bazofia. Y no hay más cera que la que arde en los templos de Bertones, Gabrieles, Ambrosianos y becerros de oro. Y si me equivoco y las hay o lo hay, y somos prácticos: que esperen sentados a una mejor ocasión, porque si dejamos de prestarles atención y nos centramos en lo que es importante, que es dejar de soñar pajaritos, creyendo en nosotros para fijarnos en lo urgente, veremos que no son más que humo; mas humo apasionado.

Los humanos necesitamos alimento y cobijo, y organización y regulación para convivir en armonía; protegernos de nuestras debilidades y satisfacer algunas de las comodidades que nos hemos procurado con el paso de los siglos. Unión, cooperación, justicia social, reparto equitativo de la riqueza, la suficiente claridad de ideas, y acceso a una información completa y plural para comprender que nada nos beneficiaría más que pensar — incluso de forma egoísta– en el prójimo, pues el prójimo también eres tú para los demás. Y firmeza para eliminar los excesos de unos pocos que lo acaparan todo y de paso esa absurda e inalcanzable ilusión de llegar a ser uno de ellos.

Algún día acabaremos comprendiendo que lo importante no es tener más, sino tener suficiente y que lo fundamental no es ser más, sino ser feliz. Y puede que algún día también lleguemos a querernos y respetarnos más, y eso incluirá poner freno a la codicia de aquellos egoístas que quieran acaparar más de lo que les corresponde, porque habremos entendido que en un mundo compartido y finito, si alguien tiene más, por pura lógica, a alguien le corresponderá menos. Bajo estos principios habrá para todos, y no como quieren hacer creer algunos: repartiendo la miseria, sino compartiendo la inmensa riqueza de este (que pudiera ser) paraíso.

Viendo cómo está el patio, diría que está todo perdido y que esta sociedad está colapsando sin solución. Pero siempre cabe la posibilidad de un despertar colectivo al estilo del imaginado por Saramago. O que, desde una perspectiva mucho más sensata y contando con la incapacidad de toda esta gente para hacer algo real, al final entre una minoría podamos dar un vuelco a este sistema, con la seguridad de que se adaptarían y con ventaja al nuevo, exactamente igual que lo han hecho a este.

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