¿Tienen ‘prisa’ los nuevos golpistas?

 

 

Iniciativa Debate Público

Pablo Iglesias Turrión, profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense

¿Estamos ante una crisis de Régimen? ¿Tiene sentido rememorar en estos tiempos el ambiente que rodeó al golpe de Estado del 23F?

Algunos llevamos tiempo diciéndolo pero ha tenido que ser el que muchos consideran el periódico español de referencia internacional, el que ha venido a poner las cosas en su sitio. En su editorial del domingo 29 de julio de 2012 “La urgencia de pactar” el periódico del grupo PRISA, ante unas encuestas que no paran de constatar la pérdida de apoyos de los dos partidos sobre los que se ha edificado nuestro sistema político en los últimos treinta años, hacía un desesperado llamamiento al acuerdo: “El jefe del Ejecutivo tiene la responsabilidad y la legitimidad de intentar un proyecto que restablezca la confianza, lo cual será imposible sin el concurso, al menos, de las corrientes principales de la política y de la sociedad españolas”.

Siguiendo la estela del editorial de El País, Miguel Ángel Aguilar no ha dudado en proponer desde las páginas del mismo periódico “un gran acuerdo nacional del que habrían de formar parte junto con los populares, los socialistas y los nacionalistas vascos y catalanes para llevar adelante un programa de reformas y crecimiento, y emprender un diálogo que impida un país sublevado cuando llegue la rentrée de septiembre”. Por si quedaba alguna duda de en qué están pensando los hombres de PRISA, Aguilar titulaba su artículo “Buscando a Leopoldo desesperadamente” y rememoraba la mítica moción de censura contra Adolfo Suárez a finales de mayo de 1980. Para Don Miguel Ángel, pareciera que Rajoy se estuviera pareciendo demasiado a aquel Suárez que empezó a resultar prescindible.

Eran aquellos tiempos en los que, como ahora, la democracia no gozaba de buena salud entre los hombres del poder. Enrique Múgica se reunía con Alfonso Armada y ni los socialistas, ni algunos comunistas como Ramón Tamames, ni las derechas, ni nadie de importancia, hacía ascos a un gobierno “de gran acuerdo nacional” presidido por un militar de la máxima confianza del Jefe del Estado.

Si algo caracterizó la llamada transición a la democracia en nuestro país fue su tutelaje permanente por parte de unos poderes extranjeros que no veían mal una cierta democratización, siempre y cuando se mantuviera dentro del orden atlantista de la Guerra Fría, y de unas élites económicas y políticas españolas encabezadas por la Corona, a la sazón heredera del poder del anterior Jefe de Estado, que tuvieron en Adolfo Suárez su mejor instrumento político. Pero para 1980 aquel galán de provincias franquista reconvertido en figura histórica de la democracia había dejado de ser útil a sus mentores (en especial al Rey) y su empecinamiento en obrar por sí mismo ponía en riesgo los derroteros, hasta entonces más que controlados, de la metamorfosis política española.

El golpe del 23 de febrero de 1981 debía ser sólo un gesto de restitución del orden natural de las cosas. Quizá fracasó en su forma (no es prudente encargar el secuestro del Congreso a un ultra, como tampoco lo es encargar la gestión del orden público a los antidisturbios) pero no en sus objetivos. La monarquía salió reforzada, se frenó el desarrollo del Estado autonómico, el PCE casi desapareció y el PSOE llegó al poder con más miedo en el cuerpo que voluntad de cambio. Poco quedó de aquel “OTAN de entrada no”, de la prometida depuración de la policía franquista (y no digamos del ejército), del reconocimiento de los demócratas derrotados en la Guerra Civil o del desarrollo de las autonomías. La llamada guerra sucia contra ETA, de la que Felipe González tan orgulloso se muestra últimamente, terminó de sellar esa sensación gatopardiana que tenemos todos los demócratas españoles cuando pensamos en nuestra historia política reciente.

Si entonces los mismos artífices del régimen político del 78 dijeron “hasta aquí”, hoy los hombres del poder (económico, político, mediático…) vuelven a ver amenazados sus privilegios y empiezan a desconfiar de su propio sistema político. La democracia es tal si ganan PSOE o PP, pero si emerge como posibilidad que la alternancia entre estos dos partidos, con el concurso eventual de nacionalistas vascos y catalanes, deje de ser el eje vertebrador de la política española, entonces toca dejar de jugar a la dialéctica “gobierno-oposición” y conjurar, como en Grecia, los peligros de que las elecciones no las ganen los de siempre. Porque ya lo ha dejado claro El País, la “víctima de esta crisis podría ser la propia organización de la democracia, si los dos grandes partidos, que se han alternado en la mayoría de las instituciones, quedaran deslegitimados a los ojos de los ciudadanos”.

Hoy la oposición al sistema político español no está en las sedes de las multinacionales ni en los cuarteles, sino que la ejercen los ciudadanos en la calle pidiendo más democracia. Parece que eso, y las consecuencias electorales que pudiera tener, es lo que da miedo de verdad.

Por eso va siendo hora de decir a estos portavoces del Régimen que los llamamientos a gobiernos de salvación nacional que cambian constituciones y legislan contra las mayorías no son propios de demócratas, sino de golpistas.

Fuente: ¿Tienen ‘prisa’ los nuevos golpistas?

¿Tienen ‘prisa’ los nuevos golpistas?

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De leyes, hambre y sindicalistas

 

Opinión | por Iniciativa

De leyes, hambre y sindicalistas

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  • Paco Bello Iniciativa Debate 8/8/2012

El que más y el que menos habrá leído, visto o escuchado lo que el SAT, encabezado por el diputado Sánchez Gordillo ha llevado a cabo para proveer alimento a los más necesitados tomándolo de dos grandes cadenas de supermercados, a los que, dicho de paso, las pérdidas por esta acción no les suponen nada, porque están muy bien asegurados. Lo que muchos no habrán visto es que es una medida simbólica; una llamada de atención, que no soluciona el problema, pero que puede abrir los ojos a una buena parte de la población.

Lo han llamado robo, hurto, delincuencia, salvajismo, bandolerismo, y no sé cuántas cosas más. Pero supongo que esos que tan fácilmente abren sus apestosas bocazas, no tienen ni idea (en su burbuja) de cómo está el país, de la tremenda e inhumana corrupción existente, del expolio al que estamos siendo sometidos para enriquecer, mantener o potenciar el estatus de unos pocos, ni de lo que es verse impotente y sin recursos para alimentar a sus familias… y así les luce el pelo. O si lo saben, pero creen en el derecho de clase, merecerían estar mucho peor que cualquiera de esas personas.

Si alguien tiene interés en saber la verdad que escriba en google “trabajo a cambio de comida”, y muy pronto comprenderá dónde vive, y cuál es la situación real de este sumidero al que algunos llaman España.

Dice hoy Arturo González en Público, que cuando hay hambre ya no hay leyes, y cualquiera debiera entender el peso de esta máxima. Una sociedad lo sigue siendo mientras el contrato social permanece vigente. Pero en el momento en el que permanecer en ella y acatar sus normas te sume en un limbo a mitad de camino a ninguna parte, sin posibilidad de valerte por ti mismo (porque está prohibido), y tampoco de ser asistido: se acabó lo que se daba, y transgredir la legalidad se convierte en una obligación por una cuestión de supervivencia.

¡Qué bonito!

Caemos muy fácilmente en el acatamiento a lo dictado por la autoridad, sin tener conocimiento suficiente para poder valorar la legitimidad de esos “administradores” que son los que controlan tanto la opinión pública como la legislación pertinente para mantenerse en el poder. Y si lo hacemos es probablemente porque somos incapaces de ponernos en la piel de los demás hasta que nos llega el turno. ¡Qué cívico y cumplidor se es cuando todo nos va bien, o al menos mejor que a los damnificados! ¡Cretinos!

Vivimos ya en un Estado de Excepción, al menos para una parte de la población. Pero desgraciadamente hay demasiado estulto que aún valora como portavoz a los “políticos” que vendidos a causas mayores mantienen y promueven este estado de las cosas. Y son los mismos alienados que consideran que los que pueden defender sus derechos laborales son los mamarrachos que se reúnen con uno de los tipos más sinvergüenzas que ha parido madre, y al lamento de: “cuánto honor”, o “¿cómo se encuentra, Señor? Me alegro mucho” dicen representar a los trabajadores. Sí, sí, me refiero a aquellos que para un mitin se ponen un pañuelo palestino sobre un cuello descamisado, y para reunirse con las altas instancias recurren al traje de la comunión y se plantan una llamativa corbata azul.

¡A la mierda todos ellos! Porque yo me quedo con los que tienen agallas, dignidad y sentimientos para ir a contracorriente por difícil que sea. Como cantaba el artista de la “zeja” cuando aún era persona y no cantaba en Israel: “harto ya de estar harto, ya me cansé”. Y me quedaré con los que son de los míos, de los nuestros. Con los que se juegan la reputación, la libertad (en esta dictadura esto no es un juego) y el futuro, por ellos mismos, y por la justicia. Y a los demás, que les vayan dando, que ya les llegará su hora.

Espero, y deseo que IU no tome en absoluto represalias con una de las pocas personas que dotan de credibilidad y dignidad a esa formación. Y no solo eso: espero que tomen ejemplo el resto, y rapidito, porque muchos nos empezamos a cansar de tanta “responsabilidad y cortesía” y podemos incluirlos entre los indeseables que algún día deberán ser juzgados.

Hoy, mejor que mañana, hay que empezar a tomar decisiones, porque hay quien no puede esperar. Lo siento mucho por todos aquellos que desde sus posiciones o cargos, y la comodidad que les proveen, tienen planes organizados a largo plazo. Ahora mismo hay quien necesita soluciones. Pero claro, si no eres de ellos no es lo mismo.

El 25-S nos vemos en la calle con los que comprendan que esto no puede ir más allá de esa fecha.