Rajoy frente a Belmonte

 

El presidente rehúye la valentía y la libertad del sentimiento ante un enemigo poderoso

Miguel Ángel Aguilar 14 MAY 2012 – 20:08 CET8

 

Mariano Rajoy se anunciaba en los carteles cuando aún no había tomado la alternativa en las elecciones que le llevaron a la Presidencia del Gobierno, como si fuera Juan Belmonte, al que llamaron El Pasmo de Triana. Tenía gran entusiasmo por las catástrofes que nos asolaban, convencido de que acortaban la distancia que le separaba de La Moncloa. Mostraba impaciencia permanente por la convocatoria de elecciones y parecía convencido de que, arrumbado por el viento de la crisis, llegaría a la playa de La Moncloa. Nuestro único problema tenía nombre propio, el de su antecesor José Luis Rodríguez Zapatero. Su llegada supondría la recuperación de la confianza en nuestro país, bajaría la prima de riesgo, vendrían los inversores, cantarían los pajaritos y se disiparían las nubes. En todo caso, nadie le obligó a continuar en la carrera y fueron muchos los que intentaron su desistimiento, pero a toda costa quiso persistir.

Pero, una vez presidente del Gobierno, parece instalado en la fatalidad. Se desdice de todas las promesas, insiste en que le disgustan las medidas que adopta, y continúa impasible adoptándolas en su caminar por la vía de la amargura trazada por la canciller Angela Merkel, en quien tiene puestas todas sus complacencias. Es decir, Rajoy rehuye la valentía y la libertad del sentimiento ante un enemigo poderoso, una manera de renunciar también al estado victorioso que podría glorificarle, conforme nos tiene advertidos el filósofo. Se pliega a la cartilla más elemental, a diferencia de Belmonte, que rompió las reglas de Pepe Hillo. Su principio era el de que “si viene el toro, te quitas tú; si no te quitas tú, te quita el toro”. Mientras que Belmonte afirmaba, por el contrario: “Me pongo en el terreno del toro, y ni me quito yo ni me quita el toro”. Claro que para poder hacer eso, subraya Manuel Arroyo (véase Una tauromaquia a lo Wittgenstein), “obligó al toro a cambiar su recorrido y cambió así la geometría y el lenguaje del toreo”. Ese nuevo modo de ejecutar las suertes potenció la emoción del toreo. Emoción trágica, porque parecía que le iba a coger, y emoción estética, que ponía en pie las plazas.

En definitiva, si Rajoy repasara el Tractatus, cuyo autor se ha citado más arriba, confirmaría que “si el mundo tiene un sentido, está fuera de él”, y si se acercara a la situación que le acosa, concluiría de modo análogo que si Europa tiene un sentido, está fuera de ella. Recordemos que Roma veduta, fede perduta, mientras que a miles de kilómetros los misioneros ofrecen un ejemplo de entrega admirado. Así, todos los emergidos y emergentes comparten la aspiración de vivir como europeos, con un código de derechos y libertades y un sistema de protección social, sanidad y educación pública equiparable. Esa es una de las coordenadas fundamentales de la primogenitura europea, cuya existencia se pone en duda, ahora, cuando los demás pensaban que al encaminarse por esa senda se irían acercando al progreso. Somos los europeos quienes cambiamos de óptica y de sistemas de evaluación, decididos a desandar lo que teníamos avanzado para hacernos como chinos en aras de ser más competitivos. En lugar de buscar la ventaja de europeizar China, adoptamos un nuevo empeño bajo la divisa de achinar Europa, como quedó dicho aquí el martes pasado.

Nuestro Felipe II, en un delirio de serenidad autocompasiva, dijo aquello de que no había enviado su escuadra a luchar contra los elementos. Pero los elementos no discriminaban la bandera de los navíos porque, como el sol, afectaban a justos e injustos. Ahora tampoco le cabe al presidente Rajoy escudarse en el fatalismo de la herencia o de la inclemencia de la crisis nunca vista. Le corresponde reaccionar con el más exigente ejercicio del liderazgo. Un repaso al ejercicio del mando, tal como es descrito en el título cuarto de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas, podría servirle de pauta. Allí se dice que la condición esencial del que ejerce el mando es su capacidad para decidir; que su acción más eficaz se logra por el prestigio, la exaltación de las fuerzas morales y la manifiesta preocupación por sus subordinados.

También que el prestigio del mando es fruto de su entrega, entereza moral, competencia y ejemplaridad; que la responsabilidad por el ejercicio del mando no es renunciable ni compartible y que en su desempeño nadie podrá excusarse con la omisión o descuido de sus subordinados o, cabría añadir, de sus predecesores. Además, por ejemplo, las Ordenanzas señalan que quien ejerza el mando ejercerá su autoridad con firmeza, justicia y equidad, evitando toda arbitrariedad, procurando ser graciable en cuanto pudiere y promoviendo un ambiente de responsabilidad, interior satisfacción y mutuo respeto. ¿Alguien nos explicará por qué los de Bankia no han salido con las manos en alto? Veremos.

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