¿Se acabó la indignación?

 

Primera Plana | por Iniciativa

 

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14/05/2012

Si tomamos como referencia la afluencia de ciudadanos lograda el 12 de mayo por la tarde en las distintas convocatorias, nadie diría que no exista la misma o mayor indignación que hace ahora un año. Pero seamos claros y seamos sinceros; los hechos no son discutibles a tenor de lo ocurrido posteriormente; y ya podemos decir que el movimiento no tiene la misma fuerza. Y o mucho me equivoco o la progresión descendente tiende a acelerarse de forma aritmética.

Podemos atribuir esta disminución a las medidas represivas aplicadas tanto a nivel coactivo legal como a nivel policial, pero no podemos obviar que si bien esto es cierto, es también cierto que incluso habían aumentado los motivos para mostrar nuestro hartazgo, y sin embargo no lo estamos haciendo más allá de mostrarnos puntualmente, y no con la participación en las herramientas propuestas. También podíamos hablar ahora de mayor firmeza social y estamos asistiendo a lo contrario.

No es cuestión de buscar responsables, pero sí las causas de esta desafección.

Seguro que la preparación del gobierno actual para desestabilizar un movimiento que ahora ya no era una sorpresa, ha tenido mucho que ver. Puede que la menor repercusión mediática haya puesto su grano de arena. Pero considero fundamental para lo que está ocurriendo hablar de desencanto. De la decepción de una población que paradójicamente en un modelo que alienta el individualismo no sabe asumir responsabilidades de forma individual, pero además tampoco sabe coordinarse de forma colectiva. Desgraciadamente aquí y ahora hace falta liderazgo, y no desde luego de un individuo sino de un colectivo y de una propuesta de verdad aglutinante.

Demasiada dispersión programática. Esta ausencia de consistencia reivindicativa ha provocado que no se hayan alcanzado objetivos. La ausencia de logros desmotiva a aquellos que esperaban algún resultado. Y tienen parte de razón. Este modelo asambleario sin verdadera cohesión acabará –de seguir así– con el movimiento que nació precisamente de él (y las circunstancias, obviamente). Pero puede que esto solo sea una evolución, y que ahora derive en otro tipo de estructura. Confiemos en que sí.

Lo que no es de recibo es lo que está ocurriendo de nuevo en las asambleas del 12-M. Otra vez miles de propuestas, que aun sintetizadas en algo más de un decálogo, no dejan de ser “peticiones” a quienes gobiernan, sin otro valor real que el de lanzarlas al aire. Esto confunde, como no confundiría el que podía ser un único e inequívoco grito: herramientas democráticas, válidas, claras y vinculantes para el acceso a la participación pública en los asuntos de Estado. Esto resumido es: reforma del artículo 87.3 de la Constitución y reescritura de la Ley Orgánica 3/1984

Sobra todo lo demás, porque esta exigencia lo engloba y encauza todo. Un único grito, una única reivindicación, para que a partir de ahí todo sea posible. Para no tener que pedir nada a los gobernantes, sino decidirlo nosotros, el pueblo, cada día. Cada vez que sea necesario y con fuerza de Ley.

Ha habido una crítica de los que querían acabar con el movimiento “indignado” desde un primer momento, que por mucho que molestara estaba bien fundada. Nadie puede exigir en nombre de los demás, y no sería ético que se adoptaran medidas por complacer a los que gritan, sin dar la oportunidad de participar hasta al último de los ciudadanos que callan, o que no quieren asumir la nueva propuesta de participación. Y legislar sin que las decisiones se adopten por mayoría, es precisamente perpetuar, validar y legitimar el modelo actual.

Pongamos como ejemplo el primer punto de las peticiones de #Acampadasol…

1. Cambio de la Ley Electoral para que las listas sean abiertas y con circunscripción única. La obtención de escaños debe ser proporcional al número de votos.

Esta es solo una de las muchas reivindicaciones. Puede que la mayoría de la población comparta esta propuesta, que en cualquier caso afecta a la justicia del modelo de participación pero…

8. Desvinculación verdadera entre la Iglesia y el Estado, como establece el artículo 16 de la Constitución.
12. Recuperación de las empresas públicas privatizadas.

¿Es mayoría la que quiere esto? Yo sí, pero no puedo pedir por los demás cuestiones concretas y con tinte ideológico/cultural, arrogándome el derecho a ser el portador de las inquietudes.

Lo que sí podemos pedir para todos, es que cualquiera pueda opinar y decidir qué quiere. ¿Para qué sirve ahora, en la práctica, sentarnos en una plaza a imaginar un mundo mejor? Si lo ponemos en la balanza quizá el plato de la desilusión pese más que el de cualquier argumento positivo.

Si esta síntesis provisional en 16 medidas se propusieran en un referéndum de forma individual, sí sabríamos con certeza qué queremos como población, como sociedad.

Opino que el trabajo que se podía hacer en las calles a nivel contestatario y de movimiento catalizador ya ha germinado en forma de inquietud y se ha visto reflejado en el mayor conocimiento político y social de la mayoría, y es un logro de valor incalculable. Pero el recorrido práctico de este modelo está llegando a su fin.

Ya hemos sido críticos con anterioridad por la deriva y estancamiento estructural del movimiento 15-M, pero decidimos hace un par de meses no echar más leña al fuego hasta que pasara este 12-M y pudiéramos ver los resultados. Ahora ya ha quedado claro que todo continúa igual para alguno de los diversos –aunque cada vez menos numerosos– colectivos que conforman este heterogéneo movimiento de protesta.

A partir de ahora, por nuestra cuenta, sin hablar por nadie, vamos a intentar implicar a diferentes grupos en la consecución de esta meta concreta: voz, voto y decisión, para todos; sin más. Para no decidir por los demás, y para intentar limitar el poder de la casta política. Para dejar de ser súbditos y convertirnos en ciudadanos.

Hay tres formas de hacerlo. Una depende de nosotros, y las otras dos dependen de otros.

La primera ya la propusimos hace casi un año, y existe como tal con carácter legal: partido ILC. Esta solo depende de nosotros, aunque el trabajo que queda por delante sea inmenso y probablemente desagradecido. Como dijimos entonces, y repetimos ahora; no nos mueve otro interés que el de lograr el objetivo que se propone. No nos importa quién represente a la formación, porque será la Asamblea General la que decida lo importante porque así quisimos que figurara en sus Estatutos. Aquí no se trata de medrar ni hacerse rico con la política, porque incluso podemos exigir que aquellos que estén al frente de la representación perciban un salario igual al SMI. La política no es una profesión, y querer mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos (y con ello las propias) debiera ser la única motivación.

La segunda es concentrar todas las peticiones en esta a nivel de calle: exigir cauces democráticos para la participación vinculante del pueblo en los asuntos públicos. Pero dependemos de los gobernantes, y de los propios movimientos sociales.

La tercera es forzar a uno de los partidos minoritarios a mostrar su realidad, requiriendo la inclusión y reivindicación de esta fórmula de participación en su programa. Para esta fórmula también dependemos de ellos, y sinceramente, es inocente pensar que si no lo han incluido hasta ahora, es porque no lo han pensado.

En definitiva, independientemente de la alternativa, queda demostrado en la teoría que no es cierto que no podamos hacer nada por cambiar la situación actual. Si queremos, podemos. Pero la pregunta importante es… ¿de verdad queremos?

Creo que puedo hablar por la mayoría de los colaboradores de IDP para decir que “nosotr@s” sí queremos, y aseguro que yo sí quiero. Permitidme animaros a todos aquellos que también queréis, a participar en el proyecto.

Y sobre todo no perdamos la ilusión y el ánimo. Sigamos aprendiendo, sigamos caminando.

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