El sueño.

 

Fue un sueño que repiqueteaba bajo campañillas de fiesta.

Llovían los regalos sobre los países, que los aceptaban gustosos. Y nadie se preguntó si los de la U y la E, encabezados por la A, tenían otra pretensión que no fuese la de hermanarse por los confines del mediterráneo y del atlántico soleado, dado que los “regaladores” tenían mucho frío y gastaban muchos dinero en ir a morenearse por soleadas. Ni un momento llegaron a pensar que lo que buscaban los norteños de la A, no eran precisamente edredones, era un cobreteo sin escrúpulos a un precio imposible y ruinoso, para cuando les conviniese y tuvieran su maraña con motores encendidos, ya dispuestos a eso de “los queremos todos a una”, esperando que escondiésemos al unísono la cabeza entre los desperdicios que nos daban.

Pero no queda ahí la cosa. Después de derretirnos el cobre, aquel de las ptas. que valía muchísimo menos que un Euro pero era nuestro, y después de hacernos obsequios por activa y pasiva con su especial magia borras, haciéndonos creer que aquella historia era Jauja, y mientras nuestros aclamados enviados adormecían en la torre de Babel escuchando un cuchicheo imposible de descifrar que los adormecía despertándose sobresaltados entre aplausos, que se lo creían a raja tabla, presumiendo de ello en su país cacareando a diestra y siniestra, lo de pertenecer al círculo de los ricachones, extendiendo su manta de mantero a los pies de los grandes y mirando la hora en el enorme reloj que apretaba sus muñecas… Y creyéndose todas las murgas habidas y por haber, mientras en estos desfavorecidos países dilapidaban los ladrones sacándole partido a estas y demás historias con grandes agujeros en sus manos y sin que nadie les mirase mal… Sí, un sueño hecho realidad…

Y los honrados, no sólo a pagar ellos los déficits con su propia sangre, sino que, además, han de enviar a sus hijos, los que tengan carreras, oficios bien aprendidos y buenas disposiciones, a trabajar de asalariados de los asalariados de A, por tres perras que no dan ni para alimentar un gato.

Y… ¡A callar! Que todos estamos bien atados y amordazados.

Aquí se acaba la historia de los ladrones de la Torre de Babel.

Que paséis un buen día.

Carmen Formoso Lapido

 

 

 

 

Carmen Formoso Lapido

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