Sin la mujer? Imposible.

A la mujer.

A aquella amiga que no conocía hasta ayer y me contó cómo era su vida y me dijo, mirándome a los ojos antes de empezar que no le diera consejos, que sólo la escuchara, mientras ella pedía una infusión de tila y yo un café muy cargado, ella se fumaba un cigarrillo y yo cuatro, mientras sus lágrimas me dejaban mudo de desiertos y lagos de sal que contenían mi aliento en silencios de plomo, mientras un nudo en la garganta me fue haciendo cómplice de su dolor y me olvidé del tiempo que marcaban los relojes de Dalí.

A ese sentimiento grupal, de piña, entre mujeres que nos hemos prohibido los hombres con nuestra absurda competitividad y nuestro concepto pueril de las cosas. A esa complicidad que no alcanzamos nosotros.

A ese hombro, a ese abrazo cálido que siempre fue de mujer cuando me sentí roto y donde jamás me estuvo prohibido llorar. A la mujer.

A esas mujeres con dolor y hambre, con olor a pólvora y sudor que lucharon hombro con hombro en la trinchera y dejaron su vida en un charco de Libertad.

A esa secretaria de talla gigantesca a las órdenes de un jefe de talla infantil.

A esa mujer que encaja la depredación del hombre gritando en silencio o pagándolo con un silencio infinito y para siempre. A la mujer.

A esa mujer que amamanta la vida, la cuida y la mima, y fabrica lo que hoy somos, aunque unos años después nosotros sólo seamos capaces de amamantar guerras.

A esa otra parte del universo plagado de sueños y estrellas que sólo podemos intuir vagamente los hombres desde nuestra ceguera de género, alejados en las sombras de esa otra parte del hemisferio.
A la mujer.

¡Que vivan las mujeres!

Un abrazo, Jero.

Imagen de portada tomada de: http://manualdelamujeractual.wordpress.com/

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Mientras desciende el sol…

 

Mientras desciende el sol, lento como la muerte,
observas a menudo esa calle donde está la escalera
que conduce a la puerta de tu guarida. Dentro
se encuentra un hombre pálido, cumplida ya, remota
la mitad de su edad; fuma y se asoma
hacia la calle desviada; soríe solitario
a este lado de la ventana, la famosa frontera.
Tú eres ese hombre; una hora larga llevas
viendo tus propios movimientos
pensando desde fuera, con piedad,
las ideas que en el papel pacientemente depositas;
escribiendo, como fin de una estrofa,
que es muy penoso ser, así, dos veces,
el pensarse pensando,
la vorágine sinuosa de mirar la mirada,
como un juego de niños que tortura, paraliza, envejece.
La tarde, casi enferma de tan lejana,
se sumerge en la noche
como un cuerpo harto ya de fatiga, en el mar, dulcemente.
Cruzan aves aisladas el espacio de color indeciso
y, allá al final, algunos caminantes pausados
se dejan agostar por la distancia; entonces
el paisaje parece un tapiz misterioso y sombrío.
Y comprendes, despacio, sin angustia,
que esta tarde no tienes realidad, pues a veces
la vida se coagula y se interrumpe, y nada entonces
puedes hacer contra ello, más que sufrir un sufrimiento,
desorientado y perezoso, una manera de dolor marchito,
y recordar, prolijamente,
algunos muertos que fueron desdichados.

Poema de Félix Grande