El diálogo.

 

La mayoría de los problemas de pareja pueden ser entendidos como problemas de comunicación. Es frecuente pensar que el otro debería saber lo que necesitamos aún sin que se lo digamos. Y mientras esta creencia persista estamos condenados a la decepción, esperando algo que probablemente nunca llegará, pero no por falta de comprensión de nuestro comportamiento, sino porque nunca lo pedimos adecuadamente.

En los orígenes de la filosofía, el diálogo era el método por excelencia de la reflexión. Se consideraba que las características del diálogo genuino lo convertían en un medio particularmente apto para la indagación. Porque el diálogo exige estar dispuesto a cuestionar los propios puntos de vista, ponerse en el lugar del otro, reconocer el derecho a pensar de forma libre y autónoma, interesarse por lo que se expresa y comprender el sentido de lo que se dice, buscando un espacio común que sirva de punto de partida.

El diálogo supone adentrarse en lo desconocido y requiere estar dispuesto a someterse a un continuo cuestionar;  y ello es afín a los amantes de la verdad.

En el diálogo debe darse un espacio seguro, neutral y respetuoso, en el que se pueda hablar con libertad, con garantía de total confidencialidad, sabiendo que no será clasificado, catalogado o juzgado.

Si quieres corregir tus defectos, no pierdas el tiempo censurando a los demás: menos Prozac, más Platón, muchísima tolerancia, y más amor.

Carmen Formoso Lapido

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