LA TORMENTA.

Hace poco que tuvimos lo que los medios informativos dieron en llamar “la tormenta perfecta”, cuyos efectos todavía perduran (y tanto), y he leído sobre lo que se comparó con la tormenta famosa que venció a “la Armada Invencible”. Y lo primero que hice fue buscar en internet, y al mismo tiempo busqué en la Historia de España del historiógrafo Miguel Morayta de 1890, pues pretendo hacer un escrito para quien quiera leerlo, con un poco del antes y del después para que se comprenda aquel momento histórico Os lo ofrezco gustosa.

La REFORMA había sido una revolución hondísima. Divide al mundo entre protestantes y católicos. Merced a ella cambió el aspecto interior de los diferentes Estados europeos y el mundo civilizado resultó dividido en dos partes, el protestante (Alemania, Suiza, Holanda e Inglaterra) y el católico (Austria, Polonia, Escocia, Italia y España). Francia estuvo durante mucho tiempo dudosa. La importancia de las fuerzas que constituían uno y otro partido declara, que si el catolicismo no plegó su bandera ante la nueva religión, debiese única y exclusivamente a la tenacidad y al poder del emperador y de su hijo Felipe II.

¿Qué habría sido de la Santa Sede y de su cortejo de dogmas y de creencias, si Carlos V se hubiese dejado convencer por Lutero? ¿Qué, si luego Felipe II, no hubiera sido fiel a la voluntad testamentaria de su padre, que con tanta repetición le encargó oponerse siempre a cuanto significare y fuera protestantismo? Porque eso de los cimientos de diamante asentados por el mismo Dios, que sostendrán eternamente el catolicismo, es muy bueno como retórica, pero no tiene realidad; que la religión de Cristo como la obra sobre ella fundada por la iglesia, son tan humanas como cualquiera otra manifestación social, artística o filosófica.

Y de la misma representación que lograba Felipe II por su consideración de brazo derecho de la iglesia, dependió la conservación y aun el aumento de su poder, y de aquí que su trabajo más importante, el que coloca su nombre entre las primeras figuras de la Historia, consistió en sus extraordinarios empeños en favor de la causa romana, que aun siendo tan plausibles como se quiera, perjudicaron notablemente al porvenir de España, que si bien no cosechó beneficios, hay que considerar otros aspectos interesante de su política, porque mostró previsión, tenacidad y, alguna vez, alto espíritu de justicia, y en esto convienen los historiógrafos.

Felipe II estaba enamorado de María Estuardo sin haberla conocido, y proyectaba casarse con ella y restituirle su trono. El rey de España odiaba a la reina Isabel, la cual por su parte le pagaba en la misma moneda, y esos odios recíprocos aumentaron con otros hechos importantísimos: las expediciones de Sir Francisco Drake y la conducta de la reina Isabel cuando la anexión de Portugal. Era Drake un valeroso marino, de aquella generación de ingleses, que produjo a Hawkina, a Martín Frohisber y a tantos más fundadores del imperio marítimo de Inglaterra, entonces constituido y aún hoy conservado.

Felipe II considerando que la reina Isabel mantenía una conducta reprobable y que merecía represalias, seguía con interés todas las noticias sobre María Estuardo y su significación católica, y sobre Isabel de Inglaterra y su significación protestante. Y cuando María Estuardo llega a Inglaterra, su catolicismo fue el pretexto con el que la reina Isabel la reduce a prisión, lo que aumentaba las justísimas simpatías que su hermosura, su juventud y sus desdichas despertaran en Felipe II. Esa prisión enojó a Felipe II, así como al resto de la cristiandad, por lo cual tuvo consecuencias inmediatas por ambas partes: el embargo de los barcos españoles por Inglaterra, represalias, luchas, conspiraciones para matar a la reina Isabel con participación de Felipe II; luchas civiles en Inglaterra y Escocia; luchas entre católicos y protestantes en Inglaterra con participación de los jesuitas… Y el proceso contra la reina de Escocia, María Estuardo, que muere en el cadalso, causando honda consternación en el mundo civilizado, sobre todo en el católico… Las horas que María Estuardo estuvo en la capilla de la prisión y su empeño en contra de las infinitas sugestiones que se le hicieron, gracias a lo cual murió como católica mártir, y la tranquilidad con que entregó su cuello al hacha del verdugo, «¡tan religiosa, tan digna, tan severa fue su muerte! ¡Qué vida tan triste para quien nació hermosa, de peregrino ingenio y amante de los placeres, y fue además reina de Francia y de Escocia!» Inmensa impresión produjo en todo el mundo la muerte de María Estuardo…

En un Consejo intimo de Felipe II, con asistencia del cardenal Espinosa, el príncipe de Éboli, el duque de Feria y los secretarios del rey, el monarca español les recuerda que Isabel había sido puesta como hereje por una bula pontificia, y concluyó sin rodeos, «la reina de Inglaterra debe ser asesinada.» Desde entonces Felipe II espera con impaciencia la muerte de Isabel, «no por el interés de él, ni de su reino, sino por la gloria de dios y bien de la religión católica» Y, como aquella vez dios nada hizo en su beneficio, puesto que Isabel descubrió el complot y tomó revancha, por esto y por acumulación de causas consideradas injuriosas, Felipe II decide invadir Inglaterra, y comienza los preparativos para esta expedición, la más formidable expedición posible, a cuyo efecto ponía todos los recursos de sus dilatados reinos. Y puso al frente al más destacado genio militar de entonces, reconocido así por el mundo entero, a Alejandro Farnesio.

El proyecto de Farnesio era el siguiente: apoderarse de una plaza marítima fuerte en Holanda, y desde ella desembarazar los mares de buques ingleses, cosa decía él, «no difícil, pues la reina Isabel jamás pudo armar más de diez barcos grandes, y aun cuando lograra tener cuarenta, sus buques buenos para piratear no podían sostener una batalla real; y en cuanto a sus tripulantes, no había por qué atribuirles un valor extraordinario, pues cuando la batalla que presentó el marqués de Santa Cruz en las Terceras, los primeros en huir fueron los ingleses» Consultado el marqués de Santa Cruz, dijo que él se daría a la vela con su ejército de Flandes y desembarcaría en Inglaterra una vez destruido el poder marítimo militar inglés. La escuadra la dirigiría el marqués de Santa Cruz y el ejército de tierra Farnesio. Los preparativos de mar y tierra fueron inmensos. «En los puertos de Amberes, de Nieuport y de Dumkerque, en los de Italia, Andalucía, Castilla, Galicia y Portugal, se construían y aparejaban navíos de varias formas y tamaños, galeones y galeazas, al modo de aquellas que en Lepanto contribuyeron poderosamente a la victoria de la Santa Liga, todas expresamente artilladas, y para cuya construcción y manejo habían sido llamados los más excelentes maestros y capitanes de Hamburgo y de Génova. Al mismo tiempo afluían a Flandes los tercios y escuadrones de infantería y caballería reclutados y levantados en España, en Nápoles, y en Lombardía, en Córcega, en Alemania, en Borgoña, y casi todos los caminos de Europa se veían cruzados de cuerpos de milicias, que iban a ponerse a las órdenes del príncipe de Parma. Juntó así éste sobre cuarenta mil infantes y cerca de cuarenta mil caballos (…) para la conducción de estas gentes habilitáronse ciento treinta bájeles (…)»

Farnesio había fijado la fecha de la invasión para octubre de 1586, pero para entonces los 130 buques y los cerca de 30.00 hombres que componían La Invencible no estaban listos, a pesar de que los astilleros aceleraron su actividad y también se hicieron toda clase de esfuerzos económicos y políticos para activar el aprovisionamiento. Con la ejecución de María Estuardo en febrero del año 1587, precipitó el plan de invasión. En este tiempo, Santa Cruz murió y fue sustituido por Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medinasidonia, capitán general de Andalucía y experto administrador en temas militares y navales, pero sin conocimiento alguno del mar y mucho menos de la guerra naval.

El 20 de mayo de 1588 sale la Armada Invencible de Lisboa, bordeó la costa hasta La Coruña, de donde no sale hasta el 21 de julio, para entrar una semana después en el canal de la Mancha. El primer enfrentamiento serio con los ingleses fue a la altura de Calais y más tarde, frente a Gravelinas, la flota británica dispersó a las naves españolas. Los vientos impulsaron hacia el norte a los restos de la escuadra, que ente la imposibilidad de volver al Canal y acudir al encuentro de Farnesio, decidió regresar rodeando las islas Británicas. Ya a la altura de Irlanda se encontraron con una nueva tormenta, la tormenta perfecta que remataba el desastre.

España e Inglaterra tenían dos conceptos distintos de guerra naval, España la basaba en enviar poderosos galeones equipados con artillería pesada de corto alcance para posibilitar el abordaje, e Inglaterra apostó por artillería de largo alcance, con lo que sus buques podían mantenerse a distancia de los españoles, y con mayor movilidad para huir del enfrentamiento.

España no tuvo pérdidas importantes, pues en poco tiempo reconstruyó su potencia naval, pero tuvo consecuencias políticas y psicológicas: la Europa protestante consideró que el poder español había sido doblegado. Es decir, la supremacía naval inglesa comienza y termina la supremacía naval española.

Cuando Felipe II recibe la noticia del desastre de La Invencible, dijo la famosa frase de «no la envié contra los elementos sino contra los hombres»

Referencia: Historia de España del historiógrafo Miguel Morayta

Carmen Formoso Lapido

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