Resuelve tus dudas sobre la reforma laboral: El pacto.

diariodemallorca.es » Opinión.- CAMILO JOSÉ CELA CONDE La escenificación del pacto existente entre Convergència i Unió y el Partido Popular para la aprobación de la ley de Presupuestos de Cataluña coincide en el tiempo con la visita del líder del Partido Nacionalista Vasco a la Moncloa para hablar de sus cosas con el presidente Rajoy. La coincidencia no es ni casual, ni nimia. Forma parte de lo que supone la estrategia política de la legislatura que los ingenuos creíamos ya lo bastante clara con la mayoría absoluta obtenida por los populares. Esa marcha militar de la derecha en las urnas no era en realidad lo que parecía. Al destapar CiU y el PNV el tarro de sus esencias ideológicas, al coincidir los nacionalismos vasco y catalán con el españolista, nos encontramos con que los escaños de que dispone Rajoy para llevar a cabo la contrarreforma no son 186, como se dijo en su momento, sino 207 porque es preciso sumarles los de los nacionalistas catalanes y vascos. Quienes piensen que tanto da una cifra como otra, se equivocan. La búsqueda de apoyos parlamentarios que permitan aprobar las leyes (las contraleyes) sumando más votos que los ya suficientes del PP es una operación cosmética de largo alcance. Permite negar cualquier idea de que se esté imponiendo el rodillo parlamentario. Y pone de manifiesto el alcance del abismo a superar para cualquier alternativa de poder, que, en el reino de España, es hoy por hoy la del PSOE. Queda situado en una cota gigantesca.
La operación de maridaje entre nacionalismo y españolismo (que, en el fondo, son lo mismo) pone de manifiesto una circunstancia curiosa de la política española. En contra de lo que suele esgrimirse, no hay una concepción radicalmente opuesta del sentido de Estado capaz de separar al PP de los partidos soberanistas. Si consideramos el sentido último del nacionalismo, que no es otro que el de la independencia –ya sea federal, confederal o estatal– de Cataluña y Euskadi, el PP parece encontrarse en las antípodas del PNV y CiU. Pero en la realidad cotidiana suceden otras cosas mucho más importantes e inmediatas. El peso de la ideología compartida en asuntos como son los económicos, cruciales hoy, impone un frente de derechas en el que resulta que el único partido que se ha opuesto a la reforma laboral pero por considerarla demasiado timorata es CiU. Lo otro, lo del derecho a la autodeterminación y demás florituras filosóficas queda situado en un plano escatológico. En el final de los tiempos volveremos sobre ello.
Es bueno que las caretas hayan desaparecido y que el compromiso firmado por Artur Mas ante notario de que jamás pactaría con el PP haya quedado en evidencia. Es bueno que el floreo nacionalista de la patria-Estado haya sido sustituido por la coincidencia absoluta de objetivos económicos y de políticas necesarias para llevarlos a cabo. De tal suerte, sabemos cómo están las cosas y qué cabe esperar en el futuro de estos cuatro (¿sólo cuatro?) años. Más de lo mismo pero en versión corregida y aumentada.

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