La risa de la hiena.

 

La risa de la hiena

13-02-2012

CAMILO JOSÉ CELA CONDE Al señor Michael O´Leary, dueño de la compañía de aviación –por llamarle de alguna manera– Ryanair y presidente –por concederle algún título– de la misma le dio la risa tonta en el aeropuerto de Bilbao al ver a un grupo de trabajadores (extrabajadores, claro es) de Spanair encerrados en el recinto para protestar por la quiebra tan rápida como sospechosa que les ha puesto en la calle. Es muy divertido ver a los perdedores haciendo piña, pobrecitos, como si eso fuera a servir de algo, como si a las autoridades se les vaya a caer un solo anillo por el hecho de que cundan las protestas o les llegue a sentar mal la cena a causa de una huelga ajena de hambre. Da mucho risa ver la desgracia ajena, en particular si sirve para que el negocio de uno gane en prosperidad y engorde la cuenta de resultados. Así que al inventor de los vuelos basura se le alegró el día con el espectáculo y no tuvo mejor forma de indicar su felicidad que la de hacer el signo de la victoria con los dedos, gesto tan evidente como útil. Le falto poco para bajar el índice y dedicar a los de Spanair una higa a título de resumen final.
Estos empresarios modelo que tanto dinero están ganando con la crisis son una especie curiosa que, como en el chiste de Jaimito y la hiena, se nutren de la descomposición ajena, disfrutan reventando vidas y haciendas y nadie sabe de qué narices se ríen. La clave de la prosperidad de los carroñeros risueños está en el síndrome del político bobalicón ése que inventa aeropuertos imposibles y los pretende llenar luego de aviones por la vía de la subvención suicida que vacía las arcas públicas para llenar las privadas. Algo parecido estaba haciendo O´Leary, tan irlandés él. Hubo tiempos en los que los muy nacionalistas y católicos irlandeses obtenían un negocio la mar de saneado ofreciendo a la vez enseñanzas de inglés –la lengua, ¡ay!, del odiado enemigo– y disciplina feroz a los vástagos un tanto rebeldes de las familias bien. Incluso hay escuelas que se anuncian con el nombre del arzobispo O´Leary, pariente tal vez del avispado empresario, como soporte de esa amalgama de colegio y cuartel. Se comprende que las autoridades se vean compelidas a llenar a Ryanair de subvenciones y prebendas. Ahí es nada el poder añadir, a la disciplina irlandesa y la lengua del imperio, un incremento estadístico del número de turistas maltratados.
La noticia dice que al O´Leary empresario –no al arzobispo– tuvo que escoltarle la Ertzaintza para proteger su integridad física. La otra integridad, la moral, tiene peor defensa y arreglo. Pero a la larga el asunto se arreglará: vivimos unos tiempos en los que los triunfadores son todo alegrías y risas, en especial cuando contemplan cómo se incrementan las cifras del paro. Dicen que el Gobierno ha hecho una reforma laboral destinada a crear empleo por la vía de facilitar y abaratar el despido. Para mí que a O´Leary, cuando se lo digan, le volverá a dar un ataque de risa. En este caso, justificada.

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Poema de Luis Benítez.

I.
En esta lengua que hablo, en estas frases de un eco
cuántas voces viven, cuánto eres la inmortalidad,
lengua de plurales que siendo una eres
metáfora de aquello que siendo uno es lo diverso.
El todo te contiene y tú contienes esa palabra: Universo.
Porque de qué otro modo podrían vivir en estos verbos,
en estas sonoridades, en estos silencios y alturas,
tantas sombras que fueron y tantas que serán mañana:
de las que serán ya están las palabras en las bocas
y estuvieron en la luna sangrienta de Quevedo,
en la mañana en que Díaz de Vivar tomó una ciudad
ya muerto, en la impávida marinería que otra mañana,
de octubre, vio una costa (sueño dentro de un sueño),
y estaba hecha de dolor, de hambre y de coraje.
Oh lengua donde cabalgan hombres y donde
tantas lenguas han desembocado,
ancho río de España que ha salido al mar,
es cierto que no conservaste para nosotros
la gracia leve de las declinaciones,
pero del sólido latín vienen tus huesos,
la carne somos hoy los que te hablamos
(el centurión que rige en la provincia
lejana de su imperio, no comprende
que al pedir el vino pide a la historia que conserve
unos distintos matices, unos cambios que no serán
fugaces como su humana sombra,
sino el futuro del habla de Virgilio).
El fenicio que apoyaba su balanza en su lanza
y desde lo conjeturable a cambio
nos dejó su sangre y sus palabras.
El doctor que en la Torá canta al Dios de Abraham,
el duro visigodo que bautiza a su hijo
con trabajosas frases que ya no son exactamente las sajonas
con que fue nombrado. El victorioso muslín,
que bajo el verde triángulo de sus banderas
no sabe que fue él el conquistado.
El probable griego que lejos de Bizancio
sumó a sus ciencias el arte de vivir en el exilio.
El capitán de hombres, asturiano,
que juró sobre la espada de hierro tomar esa colina
y en la colina duerme desde entonces.
El fraile que en la celda deleita las horas y las horas,
al resguardo del muro y de su tiempo,
inclinado sobre el tomo y que transcribe
siglos después el porvenir de esos ecos,
las frases de Aristóteles y los dobles sueños de Plutarco,
no conoce que en lo que ara su pluma
otro rumbo se ha abierto.
Lo supo el triste, el alto, el solo
que soñó en la cárcel que era Miguel de Cervantes
y que escribía el Quijote.
Ni el judío ni el moro ni el cristiano
que disputan y entremezclan sus sangres
en tu sonoro ancestro lo comprenden:
de qué miles de hombres y de historias
has salido, lengua de Gracián y las Américas.
II.
Veo en ti. No estás hecha de sonidos solamente,
ni de ideas solamente ni de conceptos. Fuiste hecha
también para nombrar esas penumbras de las imprecisiones,
la ambigua senda que entre la palabra y los hechos
declara su dominio. Otra proeza tuya, castellano.
Que la eternidad tenga un cuerpo y que podamos
palpar el peso de una hora en la palabra.
En Persia ciertas oraciones podían mover los astros;
sólo tú, ahora, puedes convocarlos. Que yo diga pradera
y la pradera se extienda, como una alfombra sin árboles,
amarillento cielo derramado de aquí hasta el horizonte.
Que yo diga volcán y que éste brote en la habitación sonora,
arrancando los pisos e hirviendo los aires y el aliento.
Que diga mar y pise el légamo del fondo
con los cabellos sacudidos por las olas, todo venido en torno
sueño líquido, blando peso en movimiento, inconmensurable.
Que diga aire y me eleve o todo hacia algún allá descienda,
como si cayera la tierra y en el mismo lugar me quedara, solo.
De alguna forma, en millones de bocas,
lo has abarcado todo, lo has devorado todo:
¿qué otras palabras, como gentes del futuro,
en ti, lengua infinita, allá adelante esperan por nosotros?
Cuáles habrá para nombrar lo que no ha nacido nunca,
como no habían nacido antes éstas que hablamos.
Si presente es eso que al nombrarlo en ti
es lo que ha sido, más el mañana de lo mismo, incluso,
lengua que has sido la de Góngora y es mía,
usando tus palabras yo te sueño tan eterna
como la tierra y el aire. A ti, que abarcas por igual
el fuego y el agua y la tierra y el aire.

Poemas de Luis Benítez