Demonios municipales.

 

CAMILO JOSÉ CELA CONDE Madrid es el lugar del mundo que Satanás ha elegido para poner en marcha el final de los tiempos. Bueno; Madrid, lo que se dice Madrid, no. Se trata de Navalcarnero, uno de esos municipios inmensos que funcionan como apéndices de la capital del reino. Y Satanás, tampoco; es el Ayuntamiento de la ciudad-dormitorio de Madrid el que ha decidido que el armagedón comience llevando a cabo la recalificación de los terrenos que rodean a la villa: de rústicos, pasan ahora a ser industriales, o de servicios o urbanos. El negocio de las recalificaciones en los alrededores de Madrid no consiste en convertir los campos en solares para levantar apartamentos y hoteles sino en hacer que se vuelvan polígonos industriales a la mayor gloria de los mayoristas. El polígono más gigantesco de Europa se encuentra en Fuenlabrada, otro de los satélites madrileños, y pertenece en su casi totalidad a los empresarios chinos. Para entender el mundo de hoy hay que tener un mapa del infierno.
Recalificar terrenos era la esperanza de todos los advenedizos que se volvieron millonarios gracias al pelotazo urbanístico. Pero ahora, ¡ay!, los tiempos han cambiado. El Ayuntamiento de Navalcarnero ha dado con el bálsamo de fierabrás para sus arcas, maltrechas a causa del endeudamiento, la crisis, la corrupción y la estupidez gestora, por la vía de convertir las afueras del municipio en edificables. Eso significa que se podrán levantar allí todavía más barrios y polígonos pero, mientras eso sucede o no sucede, los propietarios de los campos tienen que pagar un Impuesto de Bienes Inmuebles IBI acorde con la nueva situación. La subida llega al 80.000% en el caso de los solares que son ahora urbanos y los afectados ya han echado cuentas: lo que costaba a los efectos del impuesto municipal unos pocos euros se convierte ahora en una verdadera fortuna.
Decía antes que Lucifer está detrás de la maniobra. Sólo un genio del mal puede dar tan deprisa -el Gobierno de la Alcaldía de Navalcarnero, como todos, ocupó sus cargos en la primavera última- con la fórmula capaz de pasarles las cargas municipales a cuatro payeses que ven convertidas sus ovejas en personajes de Mad Man. Imagino que, igual que en todas partes, quienes ganaron las elecciones en Navalcarnero hablaban en sus programas de eficacia pero se trata de odio. Se diría que la aversión proverbial de las autoridades hacia sus administrados, comprobable sin más que repasar historias como la de los carriles-bici, ha logrado alcanzar ya el estadio último. No contentos con las multas, las ordenanzas de ocupación de aceras, los reglamentos de las basuras y el abandono de las calles, los municipios han conseguido convertir el atraco a mano armada en un juego de niños si se compara con la que nos caerá encima a causa del IBI. Verdad es que el caso de Navalcarnero es, de momento, único. Pero no sé por qué pero sospecho que Belcebú dispone de planes de expansión.

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