La educación y el hecho político-religioso. Opinión.- De Carmen Formoso Lapido

 

El camino más fácil para llegar a comprender la naturaleza y el carácter de la educación es el mito de Prometeo, tal como figura en el Protágoras de Platón. Cuenta que cuando los dioses encargaron a Prometeo y a Epimeteo que distribuyeran convenientemente entre las diferentes estirpes animales todas aquellas cualidades necesarias para sobrevivir, Epimeteo guardó un justo equilibrio en el reparto pero no cayó en la cuenta de que el género humano había quedado sin equipar. Prometeo vio que el hombre quedaba sin defensas para la intemperie ni armas naturales, y le robó a Hefestos y a Atenea el fuego y la habilidad mecánica para regalársela al hombre, que gracias a ello pudo inventar lo necesario para sobrevivir, comunicarse, honrar a los dioses, reunirse y fundar ciudades. Pero no poseyendo el arte político se ofendían unos a otros, y se dispersaron. Zeus dispuso que todos participasen del arte político, es decir, del respeto recíproco y de la justicia, y que el arte político se tenía que enseñar.

El ser humano no forma una unidad única y homogénea, por tanto su evolución, usos, costumbres, creencias diferentes y profundas, determinaron sus historias y sus diversas formas de vida con una cultura propia. Lo que llamamos comúnmente modos de vida abarca sus creencias y ritos. En interés del grupo esa cultura o modo de vida se tiene que trasmitir de generación en generación con una educación desinteresada de forzar hacia un hecho religioso preestablecido. Educar es guiar, conducir. Se educa de diferente manera según las civilizaciones y las diferentes religiones. España fue emisora y receptora de numerosas civilizaciones y también fue víctima de la necesidad de emigrar. Deseamos siempre lo mejor para nuestros emigrantes, pidiendo respeto hacia nuestra propia cultura, religión e idioma, y fundando en el extranjero casas Regionales (de Galicia, de Asturias, etc.) allí donde hubiese un mínimo número de paisanos para que se reuniesen y no perdieran sus valores tradicionales. Acogemos a diversas razas, que traen con ellos distintas culturas y religiones, estamos obligados a mostrarles nuestro respeto a ellos y a nosotros mismos, y a hacer que se sientan personas tratadas con dignidad, pues de lo contrario peligra su integración, lo que generará conflictos (no precisamente racistas, como se quiere pensar, sino éticos y de pobreza) y con ellos peligra todo lo que tiene de positivo este ‘altruismo’, español y europeo. Hay que proporcionar a la inmigración lugares para que puedan realizar con tranquilidad sus oficios religiosos.

Nuestro estado es laico y así deberá ser en la realidad, y en la enseñanza obligatoria no es suficiente con meter a los que profesan religiones diferentes a la católica en aulas con videos en los que se proyectan películas con mensajes claramente católicos, u otros subliminales con el mismo fin, o hablar de ética, casualmente la ética impuesta por la propia Iglesia Católica Apostólica y Romana. Hacer eso demuestra desprecio hacia las otras religiones. Nuestro Estado, al acoger a los inmigrantes, tiene que preocuparse por proporcionarles un sitio donde puedan practicar sus oficios religiosos, pues en su religión está también su virtud. Y hay que considerar que entre los propios españoles tenemos algo más que católicos: hay otras confesiones menos importantes desde el punto de vista numérico, pero esenciales desde el punto de vista ético, como son los protestantes, los anglicanos, los ortodoxos, los Testigos de Jehová, el Islam, el judaísmo, budismo, hinduismo. Además de pequeños grupos o sectas como pueden ser los evangelistas, sin olvidarnos de los agnósticos. Para que nos respeten hay que respetar.

Nietzsche, al descubrir algunas de las motivaciones inconscientes en ciertas actitudes morales de su época y cultura, revisa la postura moral negativa del hombre de nuestros días y la necesidad de estructurar una ética apoyada en la razón y tradición moral, base para la elaboración de normas válidas y objetivas de conducta. Los juicios de valor determinan nuestras acciones y sobre su validez descansa nuestra salud mental y nuestra felicidad. La neurosis es considerada como un síntoma de fracaso moral, la expresión específica de un conflicto moral, por eso la fuerza de las religiones monoteístas de Occidente, tanto como la de las grandes religiones de la India y China, radica en su preocupación por la verdad y en su pretensión de que su fe es la verdadera fe, y bien es cierto que esta convicción originó a menudo una intolerancia fanática para con otras religiones, pero también es cierto que impuso entre sus adeptos y opositores el respeto por la verdad. Occidente, en virtud de su razón, ha edificado un mundo material que sobrepasa sueños y visiones de utopías y cuentos de hadas, lo que hace que el hombre moderno se sienta inquieto y perplejo, porque la idea de la unidad de la raza humana no es ya un sueño sino una posibilidad, porque la idea de ‘progreso’ es calificada como infantil y se sustituye por la de ‘realismo’, que expresa falta de fe en el hombre, porque aquel lema de la Ilustración ‘atrévete a saber’ con el sentido de ‘confía en tu conocimiento’ había llegado a ser su único incentivo.

Las exigencias del Estado, el entusiasmo por las cualidades “mágicas” de líderes poderosos, las máquinas potentes y los triunfos materiales, se han convertido en normas de valores. Es imposible comprender al hombre de hoy con sus perturbaciones mentales y emocionales sin comprender sus conflictos morales, religiosos y de trabajo, en los cuales se basan sus cualidades inherentes, y cuya violación origina una desintegración mental y emocional. El vicio, en su último análisis, es la indiferencia hacia sí mismo y una mutilación de sí mismo. Hay que encontrar un criterio ético de conducta para evitar problemas que suscitan rechazo, hay que educar en la tolerancia y comprensión desde la más tierna infancia, en el respeto de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales; y el Estado está obligado a adoptar acciones adecuadas para luchar contra la discriminación, que no es racismo ni xenofobia sino una lucha por la supervivencia y la calidad de vida, una lucha por la dignidad humana. No nos indignan los árabes de Marbella o de la Costa del Sol, ni los gitanos enrolados en la vida paya, nos indigna la pobreza de aquellos que nada tienen para ofrecer, los débiles, los excluidos, los sin techo, los espaldas mojadas… Pero mientras no se les nombren podemos ignorar que estamos hablando de los más marginados de los pobres.

La educación comienza desde que se nace, y es necesario que ya el niño diferencie lo bueno de lo malo, y lo hace antes de conocer la diferencia por medio del razonamiento. Sus juicios de valor se forman como resultado de las reacciones cordiales u hostiles de las personas que ocupan un lugar importante en su vida, que forman una gran fuerza de presión emocional sobre él. El niño bueno puede estar atemorizado e inseguro, quiere complacer y para ello somete su voluntad. El niño malo puede poseer una voluntad propia e intereses genuinos que no son del agrado de sus padres; nada hay superior ni más digno que la naturaleza humana, pero se objeta que convierte al individuo en algo aislado y egoísta, lo cual no quiere decir que el fin del hombre pueda cumplirse en un estado de desvinculación con el mundo exterior; todo lo contrario, lo hará cuando encuentre su felicidad y la realización de sus facultades únicamente en relación y solidaridad con sus semejantes. Es verdad que el hombre puede adaptarse aun a condiciones insatisfactorias, pero en este proceso desarrolla reacciones mentales y emociones indefinidas propias de su específica naturaleza humana, y con el logro de esta adaptación desarrolla síntomas neuróticos.

El hombre puede adaptarse a cualquier tipo de cultura, pero en tanto ésta se contraponga a su naturaleza, desarrollará perturbaciones mentales y emotivas que le obligarán a modificar tales condiciones al no poder hacerlo con su propia naturaleza. Está impulsado a no cesar jamás en la búsqueda de condiciones más ajustadas a sus condiciones intrínsecas. Hay que prestar mucha atención a los inmigrantes y hacer que se sientan bien, y una de las bases para ello se supone que está en el hecho religioso, en su integración y en nuestro respeto a su cultura. Esa puede ser la solución y la esperanza. Nuestra época es un fin y un principio fecundo en posibilidades. Deberíamos estar esperanzados, pero no nos es posible. Los Legisladores no saben o no quieren legislar, pueden prometer y prometen, pero eso ni siquiera hace a nadie alegrar, pues en un abrir y cerrar de ojos hacen todo lo contrario. Mienten. Hay que recordarles constantemente que, si prometen, cumplan a raja tabla aquello que han asegurado hacer por el bien común. Ni el buen resultado ni el malo están prestablecidos. La decisión depende del legislador y del valor que tenga para ser él mismo.

El hombre libre, racional y activo es el hombre bueno, por lo tanto es la persona feliz, la que conserva el propio ser, lo que significa para Spinoza llegar a ser lo que uno es potencialmente. Y una persona inactiva por el paro puede llegar a ser un indolente peligroso y feroz para el Estado que lo desprotege.

Marx ha expresado una opinión similar a la de Spinoza cuando afirma que “si queremos saber lo que es útil para un hombre tendremos que conocer ante todo la naturaleza humana en general y luego la naturaleza humana condicionada por cada época” (Carlos Marx, El capital).

Y lo que está ocurriendo en nuestro presente, es mezclar la dinamita con la religión y el hambre, y puede estallar.

Carmen Formoso Lapido

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