Estamos en guerra.

Estamos en guerra

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Sin sobresaltos, porque no se trata de una guerra convencional. Esas las tenemos reservadas para aquellos países en los que una vida humana no tiene ningún valor para algunos.

No es cuestión tampoco de entrar a valorar en profundidad el porqué de la diferencia entre las que lo tienen y las que no, porque sería demasiado farragoso argumentar la aceptación de esta realidad incomprensible. Al que quiera entender, se le puede decir si es que aún no lo sabe, que tiene mucho que ver con conceptos de una moralidad fuertemente arraigada y el nexo existente entre las tradiciones y el interés. Todo es sencillo para la ética y demasiado complejo para la filosofía.

Ahora se trata simplemente de gritar nuestra incapacidad para librarnos del yugo de la costumbre. Porque para curarse de una adicción lo primero es reconocer la afección; el problema, la enfermedad.

Por eso se trata de para empezar no reprochar nada a nadie. Todos estamos inmersos en el mismo proceso, sea tres pasos por delante o cinco por detrás. Aquí no hay nadie que lo sepa todo, ni falta que hace, porque incluso en ocasiones la soberbia intelectual resulta ridícula frente a los hechos objetivos.

Ahora es el momento de despertar …ya que el egoísmo voraz de los causantes nos ha ofrecido esta oportunidad única.

Reflexionemos.

Nos dicen que hay que apretarse el cinturón cuando nos han robado hasta los pantalones, y que todos tenemos que hacer esfuerzos. Entretanto, acabamos de enterarnos de que los mismos que nos exigen esfuerzos pasan la navidad en alojamientos de 5.700 dólares la noche en islas paradisíacas, al abrigo del champán francés y marisco fresco, o que aumentan (como bancos y grandes empresas) sus ingresos en plena crisis. Y esto sin olvidar que países como Alemania, Austria u Holanda (que no los alemanes, austriacos u holandeses, sino los banqueros y grandes empresarios) crecen a ritmo superior al de antes de esta presunta depresión económica.

Somos muchos los que aceptamos sin querer, inmersos en la vorágine de un sistema que se ha perpetuado, todo tipo de aberraciones a contra-lógica. Pero poco a poco vamos despertando.

Una muestra sintomática de la evolución consciente que se está produciendo es, que personas serias y prudentes vayan/amos (debemos incluirnos todos los que apreciamos el desvarío) perdiendo el miedo a señalar que el rey va desnudo. El mismo Vicenç Navarro se ha atrevido a plantear un tabú como sin duda lo es la salida del euro.

Juan Torres López, Arcadi Oliveres, José Luis Sampedro, Paco Álvarez, Julio Anguita, Mayor Zaragoza, Eduardo Galeano, y otro, otro, y otro… cada día son más la voces que se están desgastando denunciando día sí y otro también –como ya lo hicieron algunos que ya no están–, y de una forma que hasta hace poco era impensable, cómo nos están expoliando y relegando a una economía de supervivencia. Y cada día va a más, y de forma más cruda y directa según pierden el miedo a desacreditarse (los argumentos por sólidos que sean no son suficientes, y en ocasiones ni recomendables; pero la realidad –y la psicopatía de los causantes– es tozuda y está ofreciendo el escenario necesario para ser aceptados).

Por fin hay quien se pregunta cómo y de dónde han surgido esos nuevos líderes que sin méritos conocidos han emergido espontáneamente y se han puesto al frente de un sistema hasta ahora endogámico y nepotista, y por qué son ellos los que nos están arrastrando al abismo.

Por fin hay también quien se hace preguntas simples (solemos complicarlo todo mucho, y más en la justificación de lo injustificable): ¿Siendo los que imponen las medidas, por qué los políticos no dan ejemplo de austeridad eliminando sus privilegios y ajustando sus salarios a la realidad del país? ¿Por qué los bancos centrales prestan a la banca privada en lugar de a los Estados? ¿Por qué si hay que reactivar el crédito y se ofrece barra libre de liquidez a cambio de nada, los receptores de la misma reinvierten en el prestamista en lugar de facilitarlo? ¿Por qué se apela a la confianza de los inversores al tiempo que se destruye la capacidad adquisitiva de los consumidores? ¿Quién va a querer invertir en un mercado sin compradores? ¿Por qué si están los gobiernos plagados de asesores supuestamente competentes, se toman las medidas contrarias a las que dictaría la historia, la propia economía y la lógica? ¿Por qué después de inyectar o facilitar más de 10 millones de millones de euros a nivel mundial en 2 años, los “mercados” siguen desconfiando? ¿Por qué se les permite desde los distintos legislativos desconfiar? ¿Por qué no se les limita el poder? ¿Nadie se ha dado cuenta de que los mercados son personas? ¿Por qué todavía no se han creado agencias de calificación públicas después de tanto anunciarlas? ¿Por qué no se impulsa una banca pública que active el crédito con el dinero de los Estados en lugar de reforzar a aquellos que no están cumpliendo con su compromiso? ¿Por qué no se ha acabado con los paraísos fiscales? ¿Por qué se privatiza lo que produce beneficios, si está demostrado que sí hay dinero para la banca? ¿Por qué se han impuesto gobiernos de “tecnócratas” (banqueros) sin consultar a aquellos de los que se supone que emana el poder? ¿Por qué en España se ha infiltrado también a estos personajes? ¿Por qué Bruselas/Mercosy dicta las medidas a tomar sin consultar a nadie? ¿No existía mundo antes de la UE y el euro? ¿Por qué por donde ha pasado el FMI no hay más que ruina?

Hay muchas más preguntas, pero ¿no es suficiente con estas?

¿Alguien cree que son tan torpes como para hacerlo todo al revés? ¿O es que los demás somos todos muy listos?

Que nadie lo dude: hay voluntad de hacerlo así. Así de mal para nosotros, y así de bien para ellos. Y puede que solo seamos los daños colaterales de una lucha por el poder y su concentración, pero más pronto que tarde habrá que recordarles que ni son dioses, ni estamos incapacitados, ni somos subhumanos con vocación de esclavos.

Lo bueno es que algo está cambiando, y por fuerza todo esto conduce a una nueva sociedad. No digamos que no podemos hacer nada, y no desesperemos, no intentemos correr más de lo que somos capaces. Sigamos aprendiendo, dejemos que otros se sumen a este despertar. Pero no olvidemos que queramos o no, y seamos plenamente conscientes o no: estamos en una guerra no declarada. Diferente, silenciosa, difusa, pero con víctimas y verdugos.

Paco Bello

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