Jefe de prensa.- por CAMILO JOSÉ CELA CONDE.

 

El ex presidente Rodríguez Zapatero ha acometido el abandono de su despacho diciendo la última verdad trascendente, haciéndonos llegar la sabiduría postrera que tanto esperábamos. Con ese tono engolado que tan bien le caracteriza, el destructor del Partido Socialista ha anunciado que renuncia a tener jefe de prensa.
A cualquiera se le escapa la necesidad que tendría un personaje así de un gabinete de comunicación, en especial porque no parece que tenga gran cosa que comunicar una vez cesado en su cargo. De hecho, sería toda una sorpresa que a Rodríguez Zapatero le lloviesen las invitaciones a dar conferencias, incluso si no son en francés. Deberá limitarse a disfrutar de sus privilegios, que no son pocos, y dejar la tarea de decir mentiras a otro. A su sucesor, por supuesto, que sí que va a necesitar un genio de las palabras para que calen en alguien capaz de creérselas. Si Rodríguez Zapatero batió el récord de la estulticia gobernante, Rajoy anda camino de lograr el del gol más rápido. Antes de pronunciar las primeras frases de su discurso de investidura ya había conseguido hacerse con el premio del desencanto ciudadano. Zapatero necesitó cuatro años para lograrlo.
La estrategia de no decir ni hacer nada como mejor fórmula para ganar unas elecciones tiene un único riesgo: que al final se ganan. A partir de ahí, la fórmula mágica desaparece y hay que proceder a dar aquellas gotas de información que, retenidas bajo siete llaves en el frasco de las esencias, quedaron a salvo de curiosos. El discurso de investidura de Rajoy no ha tenido necesidad alguna de jefe de prensa porque fue seguido en directo por todas las redacciones de los medios de comunicación y algún que otro despistado. Pero, a partir de ahí, el gabinete que vaya a encargarse de vender el producto Rajoy se enfrentará a una de las tareas más difíciles que existen: la de dar por una liebre llena de eficacia y rigor el gato del recurso más burdo, que no es otro que el de salir de la crisis agravándola. O, lo que es lo mismo, quitándole el dinero a quienes no lo tienen. Si se quiere una prueba empírica, ahí va: anote usted la cifra de parados a día 31 de diciembre y vuelva sobre ella dentro de los cien días que marcan la frontera para poder echar las culpas al antecesor a guisa de toda arma.

Parece obvio que si Mariano Rajoy hubiese dicho durante la campaña electoral lo que dice ahora su avalancha de votos se habría visto un tanto dañada. Por más que se elija la papeleta con el corazón, y no con el cerebro, el mensaje aquél de que votándole se acabarían todos nuestros problemas supone hoy un recuerdo letal. Se me ocurre que lo mejor sería optar por ese tiro que mata dos pájaros y poner de jefe de prensa de Rajoy a Zapatero. A lo mejor diciendo las cosas con el ritmo habitual de este último, que consiste en dejar pasar una eternidad entre frase y frase, el público se aburre y se dedica a otra cosa. Se trata de la mejor solución disponible mientras siga ganando el Barça.

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