Carta al Carnaval de Las Palmas de GC

 

El que se alimenta de dolores reprimidos, se pudre…

He aquí el remedio: el carnaval, con optimismo y espíritu libre y espontáneo, pasando como siempre lo hizo por encima de la política, con el placer callejero que proporciona a los ciudadanos, nos liberará de sucumbir. ¿Y la concejala quiere volver a aquello de “fiestas de invierno”? Eso ya pasó, ya no, no. Y, además, el apropiarse del placer que proporciona estas fiestas sería algo malo, propio de gente insensible y retrógrada…

 

Déjenos pasarlo bien los tres días que preceden al miércoles de ceniza…. Dejen al pueblo soberano salir a la calle disfrazados como ellos quieran, que asistan a los festejos que más les gusten, que cojan las entradas en cualquier comercio de su calle con tiempo suficiente, antes de que se agoten, en su misma calle, que los comerciantes se ponen contentos al vender caretas y demás, porque hacen caja. ¿Qué puede ocurrir? ¿Qué no quieran? Pues el de otro querrá, y así no se harán colas interminables en Santa Catalina… Déjenos meternos a gusto y sin regañinas en esta fiesta popular tan admirada por propios y ajenos, creada hace siglos para el pueblo y por el pueblo… Déjenos disfrutar con todo lo carnavalesco que desenterremos del baúl de los recuerdos, porque en esa fiesta hay que buscar el placer del divertimento entre comedias y música pop; y déjennos cantar a los políticos dando rienda suelta al desenfreno que desinhibe la imaginación, la fantasía, la creatividad, brotando entre fantasías y arte lo burlesco. Que los ciudadanos muestren por un lado el esqueleto imprescindible, y por el otro lado los relámpagos carnales.

 

El carnaval es tránsito y liberación, fiesta totalmente laica, en el carnaval (entroido) hay ficción, se hacen cosas grotescas propias e impropias… Porque es una fiesta popular donde reinan las máscaras, las comparsas alusivas, atrevidas, con bailes, serpentinas, confetis, comparsas, tunas estudiantiles y todo lo carnavalesco habido y sin haber, con las bromas propias de la fiesta. Y con sus jueves de compadres, jueves de comadres, jueves gordo y jueves lardero, hasta llegar al Entierro de la sardina, en el que toca llorar con desgarramiento hasta sosegarse.

 

Los carnavales, nunca perdidos en la tradición festera, fueron seriamente limitados en los años del 36 al 75 en España, pero volvieron con mucho más auge, más, mucho más brillantes…Los grupos de personas especialmente ataviadas recorren las calles cantando y bailando acompañadas por los músicos del lugar, recordando que es la fiesta de la carne, con o sin cubrirse el rostro, y animando el cotarro con festejos gastronómicos interminables…

 

Es magia. Es una simbiosis de religión y paganismo, donde la gente se disfruta olvidándose de todos los agobios pasados y se libera de padecimientos, por ello es un alegre preparatorio para todo lo que vendrá después… Y es una alegría muy esperada por popular y apasionante, y, es además, un desahogo ante todo lo venido y por venir…  Es buena cosa.

Y es el resto del año que no es cuaresma.

 

Carmen Formoso Lapido

 

 

 

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