Homo sapiens…

 
 

El ser humano se ha acostumbrado a la tecnología y sus ventajas. El celular se ha vuelto un elemento necesario y en muchos casos genera una dependencia enfermiza. La nomofobia es la patología de los que no pueden vivir sin su teléfono móvil

 

En 2004, el cineasta Sergio Arau planteó un interesante ejercicio con su película Un día sin mexicanos. De repente, en una mañana nebulosa, en todo el estado de California desaparecen —como por arte de magia— todos los latinos. Todos. Absolutamente todos. Después del shock inicial, llega lo peor: el caos. Ya no hay quién cuide a los niños, quién haga la limpieza, quién trabaje en la agricultura. Los negocios se quedan sin empleadas y las patrullas de frontera sin trabajo… Colapso total.

Si se utilizara esa misma hipótesis que Arau, pero en vez de los latinos desaparecieran todos los artefactos tecnológicos de los que hacemos uso, el caos sería igual o peor. Sólo es cuestión de imaginarse: el celular no funciona, Internet tampoco. No se pueden mandar correos electrónicos ni mensajes de textos. Los cajeros automáticos no dan dinero. Los semáforos están apagados. Nadie responde en el 911 y los bancos no pueden operar por el famoso “se cayó el sistema” ¿Hay algo más cercano a eso que el fin del mundo? ¿No es eso el Apocalipsis?

No es un secreto que cada vez más dependemos de la tecnología. Unos más que otros, es cierto, pero nadie está exento. Unas semanas atrás, durante 72 horas los celulares BlackBerry experimentaron unas fallas, y gran parte de los 70 millones de usuarios en todo el planeta sintieron que el mundo se les desplomaba encima. Podían hacer y recibir llamadas como en cualquier otro teléfono, pero no tenían servicio de correo electrónico ni mensajería instantánea. La sensación era de incomunicación, aislamiento, como si estuvieran en el medio del mismísimo desierto de Sahara sin agua y sin ropa.

Aleja de mí ese gadget

“La crisis de los BlackBerry despertó angustia en la gente: irritabilidad, sensación de pérdida y ansiedad. Es verdad que la evolución va en la dirección de los beneficios qu e ofrece el BB, pero también es cierto que genera una verdadera dependencia”, explica Harry Campos Cervera, psicoanalista y médico psiquiatra argentino. Y ni hablar si a uno le han robado el celular, porque el impacto se multiplica. Por un lado la pérdida del aparato, por otro la imposibilidad de seguir comunicado y, por último, la incertidumbre de que todo el contenido —datos, fotos, números, etc— está en manos extrañas.

Llevar consigo el celular se ha vuelto una necesidad irrenunciable por tratarse de una herramienta clave para cualquier emergencia. Nadie sale sin el teléfono móvil. Y si alguien lo dejó olvidado en su casa, no duda en regresarse para recogerlo. Eso, muy común en cualquiera, ya tiene nombre. Se llama nomofobia —proviene del inglés “no-mobile-phone phobia— y comenzó a usarse después de un estudio llevado a cabo por la Oficina de Correos Gran Bretaña para ver la ansiedad que sufren los usuarios de teléfonos móviles.

Los nomofóbicos tienen una dependencia total del celular y no contemplan su vida cotidiana sin él. Se calcula que el 53 % de los usuarios están afectados.

Si no es usted mismo, seguramente conoce a alguien que va en su carro y en cada semáforo chequea si su celular tiene nuevos mensajes de texto o aprovecha esos segundos para contestar uno. ¿Y aquellos que cada dos minutos entran a Twitter? ¿O los que viven pendientes de lo que le postean en Facebook y lo consultan 70 veces al día? Sí, la tecnología nos envolvió. Ha cambiado los comportamientos.

Sin duda que la sensación de vulnerabilidad de una persona aumenta si no tiene un celular a mano. Este es un elemento que han incorporado muy bien los guionistas de cine. Cuando el protagonista de la película está en apuros y quiere pedir ayuda vía teléfono se encuentra con la mala noticia de que en el lugar —generalmente bosques o montañas— no hay señal. Cuando en un filme toman a alguien de rehén, lo primero que hacen es despojarlo de su celular. A partir de ese momento pasa a ser una persona incomunicada, totalmente desprotegida.

Síndrome de abstinencia

No deja de llamar la atención el estudio llamado ‘The world unplugged’ (El mundo desenchufado) que realizó el International Center for Media & the Public Affairs (ICMPA) junto a la Salzburg Academy. Se tomaron 1,000 estudiantes de 10 países en los cinco continentes y durante 24 horas se les “extirpó” todo tipo de aparatos tecnológicos, especialmente celulares y computadoras y no tenían posibilidad de acceder a redes sociales. Los síntomas que presentaron fueron similares a una crisis de abstinencia por droga o por alcohol: sensación de soledad, pánico, ansiedad y hasta palpitaciones.

El testimonio de un estudiante estadounidense es escalofriante: “Me moría de ganas por usar el teléfono, me sentía como un drogadicto sin su droga”. Un argentino agregó: “En algunos momentos me sentí como si estuviera muerto”, mientras que eslovaco confesó que se estaba “triste, solo y deprimido”.

Una prótesis del cuerpo humano

La tecnología nos hace ahorrar tiempo, recorta distancias y ofrece muchas otras ventajas. En su último especial, la revista italiana Focus habla del celular como una parte más del cuerpo humano, una especie de prótesis ya anexada, aunque todavía no se caiga en la cuenta. Es que el celular es un teléfono, pero cumple múltiples funciones. Su usa —depende el grado de sofisticación del aparato— como GPS, como libreta de apuntes, como cámara de fotos, como navegador de Internet, como despertador, como linterna y hasta como espanta mosquitos… ¿Qué? Sí, hay una aplicación del IPhone que emite un sonido que ahuyenta a los mosquitos.

Eso sí, también hay efectos colaterales, como el que grafica el escritor peruano Mario Vargas Llosa. “¿Quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse”, afirmó el Premio Nobel de la Literatura en 2010. Es cierto, ¿acaso cuántos números de teléfono recuerda uno de memoria?

Tanto es el uso y la dependencia del celular —el padre de todos los gadgets—que termina alterando negativamente las relaciones, ya sea de pareja, familiar o amistosa. ¿Cuántas conversaciones se ven interrumpidas por una llamada telefónica? ¿Cuántas veces se ve a dos personas frente a frente en una mesa sin dirigirse la palabra, simplemente viendo o contestando sus mensajes?

Para Benny Evangelista, columnista del San Francisco Chronicle, el auge de los smartphones y las redes sociales “está afectando nuestras comunicaciones interpersonales y además, todavía peor, nos hace aumentar el trastorno de déficit de atención. Si hasta el propio Papa, Benedicto XVI, hizo un llamado de alerta y habló del riesgo de que “la virtualidad prevalezca sobre la realidad” y dijo que mientras el progreso técnico ha permitido que la vida del hombre sea más confortable, también ha hecho que sea más “agitada”.

El progreso técnico, es decir la tecnología, sirve para salvar vidas: basta con ver los avances en el campo la medicina, por ejemplo. Pero también puede ser letal. Cada vez son más los accidentes mortales originados por distracciones provocadas por los celulares. Lo confirma Nada Kakabadse, catedrática de la Northampton Business School, Reino Unido: “Las personas con adicción tecnológica son más propensas a sufrir accidentes de autos”.

Es indudable que el ser humano cada vez se ha vuelto más dependiente de la tecnología y cuando algo falla —a veces simplemente un inoportuno corte de luz—, por mínimo que sea, todo se paraliza. La anécdota que le ocurrió al escritor español Antonio Pérez Reverte resume esta idea. “Entré en un bar y no pude tomarme un vermut porque la máquina registradora no funcionaba. Tenía pantalla táctil y casillas determinadas para cada consumición, y se había estropeado. Le dije al camarero que me dijese cuánto debía, y punto. Como toda la vida. Pero respondió que imposible. Tenía que marcarlo antes. Sus jefes no le dejaban hacer otra cosa; y hasta que la máquina funcionase, no podía servir nada. Así que me fui al bar de enfrente, regentado por una china simpática: un sitio como Dios manda, con moscas, albañiles y borracho de plantilla… Tomé mi vermut, pagué y dejé propina. Cuando salí a la calle me acordaba del Titanic, que era insumergible, y de los mil y pico gilipollas que se ahogaron en él con cara de asombro, como diciendo: esto no puede pasarme a mí. Cielos. No estaba previsto”.

El debate sobre la dependencia es cada vez más recurrente. “Es tiempo de preguntarse si nosotros somos dueños de los aparatos o los aparatos nos manejan a nosotros”, reflexiona Soren Gordhamer en el periódico estadounidense The Hufftington Post.

Algo así piensa el antropólogo salvadoreño Ramón Rivas: “La cultura informática ha calado mucho en este mundo globalizado. Ya no se puede vivir sin eso, es un hecho. Pero ahora vimos con un fallón en los BlackBerry y en los jóvenes se produce un descalabro social. A mí me preocupa porque es algo que ya está fuera de nuestro control”.

Aunque parezca increíble, hay algunos que todavía se resisten a usar computadoras o a tener celular, ya que consideran que eso les hace perder cierta cuota de libertad. Una de esas personas era la inglesa Emma Smith, nativa de Londres, quien se enfadó muchísimo cuando su esposo Leroy apareció en su casa con un flamante BlackBerry. Emma, que estaba embarazada, jamás imaginó el poder de ese aparatito… Sus contracciones empezaron antes de tiempo, el parto se adelantó. No tenían cómo ir al hospital y la partera tardaría al menos 40 minutos en llegar a su casa. Demasiado tarde. En la desesperación, Leroy desenfundó su celular y buscó en Google las palabras mágicas: “How to deliver a baby” (Cómo asistir en el parto). Luego fue siguiendo paso a paso las instrucciones hasta que su esposa dio a la luz a la pequeña Mahalia Merita Angela. Después de eso, Emma ya no odia a los BlackBerry.

Los aparatos han invadido. Son tan prácticos como adictivos. Pero necesarios en estos tiempos. Eso sí, en su justa medida. Sin excesos.

                                Texto: Claudio Martínez Domingo, 30 de Octubre de 2011

 

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