La campaña electoral ha comenzado con el encefalograma más bien plano…

 

Promesas electorales

Nadie va a las elecciones asegurando que mentirá, será un cobarde, ocultará sus actos y procurará forrarse.

CAMILO JOSÉ CELA CONDE .  La campaña electoral ha comenzado con el encefalograma más bien plano, como corresponde al estado del reino. Se trata de que los candidatos a la presidencia del Gobierno han de convencernos de lo conveniente que es votarles y, de tal suerte, las campañas eran una especie de ristras de cuentos de Las mil y una noches en los que las promesas electorales competían en exageración y falta de credibilidad con los anuncios de los detergentes. Hasta ahora.
El candidato socialista habla, vaya si habla, pero realizando propuestas –como la de adelgazar la administración pública, cerrar diputaciones y aliviarnos de la inflación de cargos públicos (por cierto; ¿y el Senado?)– respecto de las que cabría preguntarle por qué no se acordó de eso cuando era el sostén del presidente aún en ejercicio. Sus ofertas serían más creíbles de haber plantado cara en vez de apoyar o, al menos, dar la callada por respuesta al tontiloco cada vez que imaginaba éste un disparate.
Pero vayamos con el candidato popular que, salvo catástrofe repentina, es el que va a ganar las elecciones en opinión incluso de quienes le consideran una amenaza. Mariano Rajoy ha dado la vuelta a la estrategia común de prometer el oro y el moro envueltos en papel de regalo para ocultar su programa electoral en la esperanza de que cuando tenga que presentar éste por escrito –no queda más remedio– haya pocos lectores del mamotreto pormenorizado.
Respecto del argumento de la película, quien será nuestro próximo presidente no ha filtrado ni siquiera si se trata de una historia de mucho miedo y suspense, como parece. En el cónclave de su partido celebrado en Málaga a finales de la semana pasada, Rajoy se ha limitado a comprometerse a decir la verdad, explicar sus decisiones, ser responsable, dialogar, mostrarse valiente y trabajar por la concordia. Faltaría más.
Nadie va a las elecciones asegurando que mentirá, será un cobarde, ocultará sus actos y procurará forrarse; y resulta una lástima porque la sinceridad es una virtud admirable. Pero retratarse como el yerno perfecto tiene poco sentido de cara a la decisión de entregar el voto. Lo que nos gustaría saber es si, llegado a la Moncloa, hará lo mismo que están haciendo sus correligionarios desde la presidencia de las comunidades autónomas. Y el silencio de Rajoy es, a tal respecto, elocuente: el hecho de no decir nada pone de manifiesto que sí, que es ése su verdadero programa. Cosa que tampoco hay por qué descalificar a priori si se trata de medidas tan quirúrgicas como necesarias. Pero de ser así, lo lógico es que nos lo explique y nos convenza.
Ya estamos en que da lo mismo, en que, diga lo que diga y oculte lo que oculte, Rajoy va a ganar. Pero es ése el detalle que obligaría a decir la verdad, a ser valiente, a dialogar, a asumir responsabilidades y a demostrarnos cuál es el camino mejor hacia la concordia. Con su silencio, Rajoy augura más de lo mismo. A lo mejor es eso lo que intuyen los ciudadanos cuando le suspenden encuesta tras encuesta, sin olvidar ninguna.

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