Paz ministerial

 
 

CAMILO JOSÉ CELA CONDE El señor Miguel Sebastián quien, aunque no lo parezca, es ministro de Industria, Turismo y Comercio todo a la vez, como expresión perfecta de sus muchas capacidades, ha sentado cátedra en el intento de asalto a Repsol por parte de una constructora española Sacyr, y una petrolera mejicana, Pemex. Quien es todavía ministro, aunque no se note, ha pedido a unos y otros que le dejen en paz. Se entiende. La operación de toma de control de la que es una de las industrias más grandes del reino tiene su aspecto comercial, eso sí, pero por el contrario no guarda relación alguna con el turismo, con lo que resulta bien justificado que Sebastián se escaquee. Faltaría más que el ministro tuviese que intervenir en conflictos que dejan fuera la tercera parte de sus dominios.

Los deseos de paz de Sebastián se habían cubierto hasta ahora con notable perseverancia. Cuando se presentó por su partido –ese que lleva el nombre de socialista, por más que no se sepa demasiado por qué– como candidato a la alcaldía de Madrid, los votantes le dejaron en paz de una forma tan decidida y fiel que su paso por los trances electorales se realizó sin romper ni manchar la quietud absoluta. Antes y después de aquel episodio enojoso, que le obligó a tener que lidiar con la plebe en los mítines de vez en cuando, el hoy ministro ha quedado tan en paz consigo mismo y con el resto del mundo que no se guarda memoria de nada que haya podido hacer, ni pensar. El budismo zen se está perdiendo un verdadero líder en la tarea de alcanzar el nirvana, estado de ánimo que, como se sabe, equivale a lograr la nada. Eso, el ministro Sebastián lo tiene ganado de antemano.
Según parece, al miembro excelso del gobierno más budista que tuvimos jamás lo único que le preocupa respecto de Repsol es que mantenga su españolidad. Qué compromiso. Si el ministro de industrias, comercios y turismos hubiera leído alguna vez a Carlos Marx –empresa ardua, cierto es, que suele perturbar la paz espiritual de quien emprende la aventura– sabría que el capital no tiene patria. El petróleo, tampoco. Así que, salvo que se obligue a los consejeros de Repsol a ir vestidos de luces, o de bailaores flamencos, y a las consejeras a lucir mantilla y peineta, cualquiera sabe en qué podría consistir dicha españolidad. Al ministro, desde luego, que no le pregunten. Ya tiene bastantes problemas, confesó en un alarde de inquietud y trabajo ímprobo.

Perturbado ante la perspectiva de perder la paz, el ministro Sebastián aprovechó para arremeter contra Felipe González. Hizo bien. No sé dónde he leído que González fue presidente de un gobierno socialista que lo parecía, Qué desfachatez. Con gentes así, igual te cae encima un conflicto mientras está intentando dormir la siesta en el ministerio. Y eso no es de recibo; no, señor. Que la vida, en especial la de quien viene de la nada y se dirige hacia el mismo sitio, es muy corta y hay quien quiere encima amargártela sin dejarte en paz

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