Y Mariano rajó…

Y Mariano rajó (Los pájaros, reloaded)

Fotograma de la secuencia final de la película del genial
director británico, Alfred Hitchcock
Casi todos hemos visto Los pájaros, de Alfred Hitchcock. Casi todos recor-damos esa inquie-tante secuencia final en la que Rod Taylor sale de la casa, rodeada de aves, para ir al garaje a buscar el coche con el que huir de la pesadilla. Camina cauteloso y con parsimonia. Los movimientos, lentos. Los pasos, pequeños, para evitar pisar las gaviotas que se apiñan en el suelo. El árbol, el tejado, los cables…, todo está lleno de cuervos. Uno de ellos incluso se atreve a lanzarle un picotazo desde la barandilla del porche. Pero él no se altera. Sigue su camino imperturbable, sin prisa, pero sin pausa. Sabe que la salvación está próxima, pero no debe cometer ningún error que turbe la tranquilidad de las aves. Cualquier brusquedad podría ser fatal. La meta está cerca; muy cerca. Un poco más y el horror habrá quedado atrás. Si consigue mantener la calma, podrá sacar a los suyos del mal sueño que han vivido…
Una secuencia parecida es la que está protagonizando Rajoy en esta última etapa de su carrera hacia la Moncloa. Sabe que su particular travesía del desierto puede estar llegando a su fin. Sabe que también su antecesor, Ánsar el Radiactivo, sufrió dos derrotas electorales antes de ganar unas generales. Sabe que es el primer político de la historia reciente de nuestra democracia en aguantar más de siete años seguidos al frente de la oposición. Y, aunque no lo sabe, presiente que el premio a esa paciencia está a punto de caer en sus manos. Por eso camina con pies de plomo. No debe molestar a los pájaros. Ni a los suyos ni a los enemigos. Tanto cuervos como gaviotas pueden echársele encima al menor movimiento brusco. Los conoce bien. Los cuervos ya han intentado sacarle los ojos otras veces. También las gaviotas, sus propias gaviotas hambrientas, le han atacado en más de una ocasión. Pero esas agresiones pasadas no han hecho sino templar su carácter. Lo han convertido en el Mariano inalterable que hoy es. Ahora nada puede distraerle. No responderá a ningún ataque. No devolverá ningún golpe. Solo quiere continuar su viaje hacia la meta que ya se adivina. Está convencido de que su camino es el correcto. Si nadie lo desvía de su ruta, se ve vencedor. Por eso no quiere cambios. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Por eso no opina; no interviene; no convoca ruedas de prensa. No vaya a ser que cualquier acierto lo eche todo a perder.
Para evitar tropezones, Rajoy se mueve con
pies de plomo, como Rod Taylor.
Rajoy es un político con tablas, aunque nunca se ha distinguido por su oratoria. Solvente, y puede que hasta brillante, en el discurso premeditado, pero falto de espontaneidad y lento de reflejos a la hora de improvisar. Se ha visto superado muchas veces en el cuerpo a cuerpo y en alguna ocasión ha sido incapaz de leer sus propias notas. Por eso, siempre que puede, rehúye las preguntas directas. Pero, de vez en cuando –muy de vez en cuando–, su sentido de la oportunidad y sus asesores le recuerdan que es un personaje público y debe comparecer ante los medios. Y eso es lo que hizo Rajoy el miércoles pasado: convocar una rueda de prensa en Génova. La primera en los últimos seis meses. En ella presentó su flamante Compromiso con España: empleo, austeridad y transparencia (pdf), un nuevo y brevísimo documento (seis páginas y media, incluyendo la portada y la exposición de motivos) con el que el Pepé pretende ilustrar a la ciudadanía sobre sus recetas para atajar la crisis.
La palabra clave de ese plan es austeridad. El concepto se traduce en la fijación de un techo de gasto para las Comunidades, un límite máximo (10) para el número de consejerías, una disminución del número de organismos y funcionarios en general o la aprobación de un plan de racionalización del gasto (menos coches oficiales, menor gasto publicitario, controlar las facturas de los móviles, eficiencia energética…), entre otras medidas. También se «revisarán las ayudas y subvenciones de concesión directa» y se aplicará una «política integral de gestión del patrimonio inmobiliario».
Miedo da pensar en lo que pueda suponer para don Mariano este último concepto. Eso de contemplar la gestión del patrimonio inmobiliario de las Comunidades como un todo integral suena más bien a la posibilidad de vender –o malvender– los activos de las distintas Administraciones regionales al mejor postor. Tampoco hace presagiar nada bueno la idea de revisar las ayudas y subvenciones. Acostumbrados a los eufemismos que se gasta nuestra clase política, nos tememos que la palabra revisión oculte un tijeretazo en toda regla. Pero no adelantemos acontecimientos; al contrario: preguntémonos por qué estas medidas no son todavía una realidad. Tratemos de adivinar por qué diablos el Pepé ha esperado tantos años (más de una década, en algunos casos) para presentar un plan de austeridad en las Comunidades en las que ya gobierna desde hace tiempo. Se da la circunstancia, además, de que dos de las regiones que mayor deuda acumulan están administradas desde hace al menos dos legislaturas por el partido de la gaviota. ¿Por qué hablar a estas alturas de controlar un gasto –o un despilfarro– que ellos mismos han contribuido a disparar? ¿Por qué no se actuó antes? ¿Quizá para no alborotar a los pájaros?
Ese mismo plan habla también de transparencia. Se plantean auditorías para conocer «el estado de situación real de las finanzas públicas». ¿Acaso tiene el Pepé motivos para sospechar que la contabilidad de los organismos públicos pueda estar manipulada? Y, de ser ciertas esas sospechas, ¿a quién cabría responsabilizar sino a sus gobernantes, que en gran parte de los casos pertenecen a su propio partido? ¿Se incluirán en esas auditorías los regalos que reciben los altos mandatarios? ¿O las facturas del sastre de los pájaros? ¿O es que cuando hablan de finanzas públicas no incluyen a los administradores del Pepé? Cuanto más se piensa en las posibles respuestas, más lejos queda el optimismo.
El documento se cierra con llamadas al «apoyo a la creación de empleo» y a la «apuesta por la educación», dos aspectos en los que tampoco han destacado positivamente hasta ahora las Comunidades con gobierno pepero. Ya sabemos que, en jerga neoliberal, apostar significa poner en manos privadas. Se ven venir más privatizaciones.
Rajoy abrazando la indecencia durante la pasada campaña.
¿Y de vivienda? ¿Y de hipotecas? ¿Y de Sanidad? Ni una palabra. De esas cuestiones, mejor no hablar, o pasar de puntillas, para no alborotar a la avifauna. En realidad, para Rajoy esos han sido temas tabú durante toda la campaña, en la que ha hecho poco, aparte de apadrinar a presuntos corruptos e insistir sobre el paro y los errores de Zapatero. La rueda de prensa del miércoles no fue una excepción. Dijo, eso sí, que en su agenda no había nuevos recortes. Al menos, no con ese nombre. Cuando lleguen –que llegarán– lo harán disfrazados de reformas necesarias, reajustes urgentes, reestructuración del gasto o racionalización de las prioridades. Los políticos, como es sabido, son alérgicos a llamar a las cosas por su nombre.
Muy significativa, como muestra del cuidadísimo que el presidenciable pone en sus movimientos, fue su opinión acerca de la crisis del Pesoe y del probable nombramiento de Rubalcaba como candidato: «Podría estar hablando durante horas, pero creo que la mejor aportación que puedo hacer es no decir nada». Toda una declaración de intenciones para alguien que se perfila como futuro inquilino de la Moncloa. Cuidado con los cuervos, Mariano, y no pises las gaviotas.
Red Kite, 3.6.2011.

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