Laura Freixas: caso Strauss-Kahn.

De acuerdo: el caso Strauss-Kahn es una exageración, una monstruosidad, una caricatura. De acuerdo: que un hombre se abalance sobre la camarera que iba a limpiar su habitación para violarla (si es eso lo que ocurrió) no pasa todos los días. Pero no deja de ser la expresión más extrema de algo que de forma mucho más sutil, difusa, matizada… pero a fin de cuentas real y eficaz, sí ocurre todos los días. Me refiero a la desigualdad en el terreno de lo sexual, que es una de las muchas formas que toma la dominación masculina. Entenderlo nos ayudará a aclarar lo que desde hace algunas décadas, constituye un misterio: por qué las mujeres occidentales, ahora que tienen la educación y los derechos necesarios para triunfar en su vida profesional, siguen sin conseguirlo. Para ilustrarlo, déjenme dar un ejemplo –a primera vista muy alejado del caso que nos ocupa- extraído de la biografía de María Moliner que acaba de publicar Inmaculada de la Fuente.

Como ustedes saben, María Moliner escribió, ella solita, un diccionario por lo menos tan bueno, y en opinión de muchos (como Gabriel García Márquez ) mejor que el de la Real Academia; a pesar de lo cual, la Real Academia no tuvo a bien admitirla en sus filas. ¿Por qué? Camilo José Cela justificó la negativa aduciendo el “ñoño criterio lexicográfico” aplicado, según él, por Moliner, al no incluir en su diccionario palabras malsonantes. Cela, en cambio, hizo un despliegue de lenguaje malsonante en libros como Izas, rabizas y colipoterras (otros tantos sinónimos de prostituta) o Diccionario secreto. Está aquí en juego el mecanismo que Marina Yagüello, en Les mots et les femmes, define como “tabú lingüístico”. Todo tabú sirve para trazar una frontera entre dos grupos: los elegidos (aquellos para los cuales no rige el tabú) y los excluidos. Hablando abiertamente de sexualidad, Cela reafirmaba su pertenencia al grupo de los elegidos, o sea, el de los varones. Su carácter malhablado no le restó un ápice de respetabilidad: fue académico y premio Nobel (además de casarse por la Iglesia y ser nombrado marqués). Moliner por su parte se enfrentaba, como ocurre tan a menudo a las mujeres en una sociedad patriarcal, a un dilema imposible. Si acataba el tabú lingüístico, como lo hizo, sería descalificada (excluida de la Academia, por “ñoña”). Si lo hubiera transgredido–contando, supongamos, escenas de alcoba, diciendo palabrotas, hablando de putas, como Cela -, ¿creen ustedes que la habría admitido la Academia?…

Estamos, me dirán, muy lejos de un caso como el (supuestamente) de Strauss-Kahn. De acuerdo. Pero demos un paso más. He dicho antes que Cela hacía ostentación de su sexualidad; quiero añadir ahora que se trata de una sexualidad entendida, ante todo, como poder. Decir palabras malsonantes requiere poder (no lo hace el subordinado ante su jefe, no lo hacen las mujeres); la familiaridad con la prostitución, también. Mientras escribo este artículo, ha trascendido que una aseguradora alemana ofreció a sus cien mejores empleados una fiesta con prostitutas. No es inhabitual que los varones poderosos, en el ámbito de la empresa u otros, refuercen los vínculos que los unen compartiendo el uso de prostitución. Se trata de una costumbre que, como el empleo de tacos, tiene por finalidad crear vínculos entre los varones, expulsar del grupo a las mujeres (un “incentivo” como el ofrecido a los mejores empleados de la aseguradora alemana excluye por definición a las empleadas) y reforzar la desigualdad entre los sexos: es poco creíble que los mismos que de noche tratan a las mujeres como mercancías intercambiables, cuerpos sin nombre, receptáculos… de día las acepten como iguales (no digamos como jefas).

Uno de los rasgos más llamativos del discurso generado estos días en torno al caso DSK es la división que hacen algunos entre “puritanismo” y “tolerancia”, como ese diputado francés que ha explicado que en EEUU se aceptan mejor los delitos financieros que los “placeres de la carne”. Que se hable de “placer” en el caso que nos ocupa la deja a una estupefacta: ¿placer? ¿De quién? ¿De la camarera?… Pero esta confusión entre placer y poder, esta invisibilidad de la otra parte, es un ángulo ciego muy típico de la mentalidad patriarcal. Es por desgracia muy frecuente que los varones poderosos exhiban su sexualidad mediante piropos, tacos, comentarios sobre los cuerpos femeninos o propuestas que rozan el acoso. Se trata de comportamientos que disfrazados de alegre desinhibición, encubren la dominación pura y simple: se humilla a las mujeres poniendo de manifiesto su impotencia, la imposibilidad en que están de responder, dada su educación, dadas las convenciones sociales, dada su subordinación objetiva en la escala jerárquica. Los varones que ejercen esas conductas dicen oponerse a la mojigatería; a lo que se oponen es a la igualdad.

De acuerdo: no todos los hombres, ni mucho menos, se comportan como (al parecer) Dominique Strauss-Kahn. Pero el uso de lo sexual para reafirmar la dominación masculina, es, por desgracia, algo lo bastante común como para ser una de las claves que explican ese misterio al que aludía más arriba: por qué las mujeres de hoy, formadísimas, ambiciosas, con derechos… siguen estando postergadas.

(*) Laura Freixas es escritora y presidente de la asociación Clásicas y Modernas para la igualdad de género en la cultura.
Anuncios