¡CAMARADA, TE EXTIENDO LA MANO!

 

ESTOS SON LOS MÍOS, por Jesús Nava

Archivado en: -MUNDO LIBRE — February 22, 2011 @ 8:45 pm

“Ni yo ni los míos convencemos con argumentos, comparaciones, versos, convencemos con nuestra presencia. ¡Camarada, te extiendo la mano, te doy mi amor, que es más precioso que el dinero, me entrego yo a ti, antes que entregarte el sermón o la ley. ¿Te entregarás a mí? ¿Quieres viajar conmigo? ¿Nos adherimos el uno al otro toda nuestra vida?” W. Whitman

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Rompo la tónica de los artículos que he ido publicando aquí, siempre sobre política, estrategias y tácticas, para introducir hoy un enlace a unos versos extraordinariamente bellos y lúcidos de Walt Whitman, que he publicado en Filosofía Digital bajo el título “Desde esta hora me declaro libre”.

¡CAMARADA, TE EXTIENDO LA MANO!

Al lado de los comentarios y análisis agrupados en la sección de “Política y Democracia”, fui incluyendo en FD, ya durante su antiguo alojamiento en Bitácoras, una serie de llamamientos y manifiestos, de autores como Émile Zola o D. H. Lawrence, en favor de una gran revolución moral, que aspiraría a impregnar de honestidad la vida social, cultural y política.

¡Camarada, te extiendo la mano!

Un hombre puede ser libre en cualquier lugar donde viva, pues la libertad de espíritu es una virtud privada; pero no podrá expresar lo que piensa, ni pensar lo que quiera, ni vivir como siente más que en un estado social de igualdad, cuyo fin último sea conseguir el más alto grado de felicidad para la mayoría de los individuos asociados bajo él. Como decía Jefferson, “ahora se reconoce que los únicos objetivos legítimos de un gobierno son la igualdad de los derechos del hombre y la felicidad del individuo”.

La felicidad se basa en la libertad, y asegurar la libertad es el objetivo del buen gobierno. Pero con todo el poder de una Administración mastodóntica en sus manos, un mal gobierno puede, además de cercenar por su base la dignidad ciudadana, modelar y someter al antojo de unos pocos la voluntad de la mayoría, y retorcer de innumerables e increíbles formas el espíritu de un pueblo hasta volverlo conformista, apocado e infeliz.

Comprendo a Tocqueville cuando declara adorar la libertad en un mundo donde la mayoría de los hombres no la anhela siquiera, y en el que si algunos le lanzan requiebros es porque la confunden con la independencia, la rebeldía o el simple bienestar. Es inútil hablar de libertad a los espíritus mediocres que no sienten su necesidad apremiante. De ahí que la revolución pendiente en el mundo no sea la del marxismo ni la del capital, sino la de la inteligencia común, para hacer comprender a la humanidad que nunca se librará de la tutela de los demagogos, los dictadores y el dinero, mientras no asuma el derecho natural al autogobierno y el deber de ser fiel a sí misma.

LA MAYOR MUESTRA DE AMOR A LA HUMANIDAD CONSISTE EN ENSEÑARLE EL ARTE DE SER LIBRE

Confieso que, hace cosa de un año, quise promover una asociación libre de ciudadanosnombre con el que Tocqueville describió la propia democracia-, concebida desde el principio como mucho más que un ariete contra el sistema, cosa ésta más bien facilona para los criticones, agresivos y ambiciosos. Aspiré a que fuera, ante todo, una asociación de hombres y mujeres libres, capaces de anticipar con su convivencia armónica y generosa un dichoso porvenir para el país, y dispuestos a luchar con perseverancia por la libertad pública o política. Escribí que me conformaría con hallar a doce apóstoles de la libertad, dispuestos a caminar al lado del pueblo, aunque fuera para reprenderlo por sus errores, tratando de inspirarlo con el ejemplo y dando la mano a sus hermanos más rezagados.

Robo a Whitman uno de sus versos, que no me importa repetir, para identificar a los camaradas que buscaba: “Ni yo ni los míos convencemos con argumentos, comparaciones, versos, convencemos con nuestra presencia. ¡Camarada, te extiendo la mano, te doy mi amor, que es más precioso que el dinero, me entrego yo a ti, antes que entregarte el sermón o la ley. ¿Te entregarás a mí? ¿Quieres viajar conmigo? ¿Nos adherimos el uno al otro toda nuestra vida?” Así son los míos: sin aventurar un solo argumento, convencen con su sola presencia, y se dan a sí mismos antes que soltar un sermón o inventar una ley.

Mientras no seamos libres, nunca sabremos a qué altura podemos llegar.

Persisto en mi propósito. Y necesitaba recordarlo hoy, para no perder de vista, en el tráfago de polémicas y debates, siempre desagradables, mi idea originaria de la democracia y mi primer amor por la libertad. Sólo el que ama tiene derecho a censurar. Si desafío al pueblo y lo sacudo, tratando de despertarlo del sueño, es porque me identifico con él y lo estimo como el más sólido bastión y el más fiable garante de la libertad de todos.

No hay mayor prueba de amor que ayudar a los hombres a que vivan bajo la guía de la razón y que tratar de educarlos para que aprendan el arte de ser libres. Y ¿qué sistema político es más natural, razonable, benigno y justo que la democracia, aunque sólo fuere como régimen transitorio de convivencia, hasta que la humanidad sea capaz de prescindir de todo gobierno y constituir una comunidad global autorregulada?

LA DEMOSOFÍA O VULGAR SABIDURÍA DEMOCRÁTICA, ÚNICO TERRENO FIRME PARA TODOS

Puede que nunca llegue ese momento y, por supuesto, yo no lo veré ni en lontananza, al contrario que Moisés con la tierra prometida, pero al menos me moriré soñando con la felicidad del mundo. Por mi parte, desde luego, desde esta hora me declaro libre, y disponible para luchar por la libertad de toda la tierra, empezando por la mía. En esta lucha, el que no está contra mí, está conmigo.

Cuando leí en un blog republicano que la descripción de la democracia ideal hecha por Lincoln, en su discurso de Gettysburg, era “vulgar y demagógica”, me indigné, aunque no me sorprendió viniendo de individuos con sentimientos elitistas y aristocratizantes que consideran que “el pueblo no ha sido ni será jamás soberano”, y que está constituido por un rebaño de “discapacitados” que ellos se creen llamados a pastorear. Porque yo, como el filósofo, detesto ante todo los vicios sofisticados y artificiosos de las soberbios con poder, pues “su arrogancia está revestida de fastuosidad, de lujo y de prodigalidad, de cierto encanto en los vicios, de cierta cultura en la necedad y de cierta elegancia en la indecencia. De ahí que, aunque sus vicios resultan repugnantes y vergonzosos, cuando se los considera uno por uno, que es como más destacan, parecen dignos y hermosos a los inexpertos e ignorantes”.

Por el contrario, amo, con todos sus defectos y limitaciones, lo vulgar o común: la gente corriente, la sencillez, la austeridad, el trabajo, la familia, la conversación, la cordialidad aldeana, un vaso de vino, las romerías, el sonido de la gaita o la guitarra, meditar al pie de una higuera, alargar la mano y tomar un higo, jugar con un perro, la siembra y la cosecha, la naturaleza salvaje, la granja, la vida al aire libre… Y ante todo: “La sabiduría democrática debajo, como terreno firme para todos”. A este sabiduría la llamaré, a partir de ahora, demosofía, que es mucho más que folclore o refranes populares, pues está constituida por el interés bien entendido, el simple sentido común, y esa inteligencia instintiva que únicamente pueden representar y encarnar los grandes demócratas: los verdaderos amigos e hijos del pueblo.

Os remito a Whitman, el poeta de la democracia, con sus bocanadas de aire limpio y su invitación fraternal a caminar unidos hacia el ideal. ¿Nos adherimos el uno al otro toda nuestra vida? Para intentar vivir de veras todos juntos, libre y humanamente, no es por otra cosa.

MLD, 28/08/2007

“Digo el primordial santo y seña, hago el signo de la democracia. No aceptaré nada que no sea ofrecido a los demás en iguales condiciones.” WALT WHITMAN

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