Revolucionarios.

Revolucionarios

Camilo José Cela Conde

Las revueltas de la orilla sur del Mare Nostrum nos han encontrado a los revolucionarios por antonomasia, los europeos, un tanto con la guardia baja, razón por la que la respuesta de las autoridades de la Unión han sido tan tibias –por llamar de alguna forma a lo que brilla por su ausencia tanto como una galaxia en ciernes. Un viaje la semana pasada a Egipto de la responsable de Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, y otro de la misma señora a Túnez siete días antes, a guisa de toda respuesta, dejan claro que la diferencia entre diplomacia y turismo es pobre cuando uno no sabe muy bien qué hacer. Pero ya estamos en que eso de las revueltas populares es, por definición, cosa del pueblo, así que poco cabe echarle en cara a las autoridades si no aciertan a tomar la Bastilla de una manera vistosa. Su especialidad es diferente: aprovechar las sinergias de todo barullo –que diría un moderno– para sacar tajada.
Tal vez haya sido esa convicción de que no hay nada más provechoso que pescar en río revuelto la que ha llevado a las autoridades autonómicas a explotar la vía revolucionaria en España. Ante el anuncio de un plan de ahorro energético, que el Gobierno aprobó en el Consejo de Ministros de ayer, y que los dioses sabrán si será una realidad anticipada o un globo sonda más de los muchos con los que nos obsequia, a título de única actividad reseñable, nuestro poder ejecutivo, dos comunidades autónomas, las de Cataluña y Madrid nada menos, han respondido pintándose la cara a rayas de colores y sacando las banderas de la rebeldía a lucir. El plan de marras tiene tanto aspectos pintorescos, como el de una merma en la velocidad máxima permisible en las autovías –medida de ahorro que obligará al gasto de entrada de cambiar todas las señales de tráfico relativas a ese límite y poner ni se sabe cuántos anuncios a beneficio de incautos–, como aspectos mendicantes –la rebaja en los billetes de tren y metro, que equivale a tomarse el café solo en vez de con leche una vez al día. Pero los gobiernos catalán y madrileño ya han dicho que no. Se sumarán a la indiferencia popular ante la velocidad reglamentaria negándose a quitarle cinco céntimos al euro del metro. O reclamando que ese tajo minúsculo, lejos de redundar en pérdidas en la recaudación, les sea reintegrado de antemano por el ministerio. De dónde saldrían esos dineros nuevos es fácil de explicar. De donde siempre, es decir, de los impuestos que pagamos, vayamos o no en tren.
En espera de que se llegue a un acuerdo, que podría ser el de dar a los revoltosos autonómicos una parte de las muchas multas que nos caerán encima a los conductores en los próximos meses, la belleza del ánimo revolucionario no se nos debería escapar. Mas y Aguirre disfrazados de Braveheart dan mucha confianza ahora que el mundo se encamina hacia un futuro dudoso. Suceda lo que suceda en el Magreb, en Oriente, en China incluso, hay cosas que no cambiarán nunca. Como la de que las autoridades ponen la mano y nosotros, los del populacho, pagamos la entrada al espectáculo.

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