EL COMETA, por Carmen Formoso Lapido

      Cuando vi por primera vez un cometa, permanecí deslumbrada, impresionada y quieta, como una estatua, mirando el firmamento fijamente durante varias horas y esperando volver a verlo… Lo que yo vi tenía un notablemente parecido a un "molino de viento" y dejaba un grumo de escombros en vuelo libre, y un brillante racimo de luz a lo largo de la espiral y, en el espacio, dejaba una combinación de vapor que marcaba la rotación del cometa, que luego se desintegraba en un nube brillante de partículas… Sí. Quería volver a verlo, claro que sí… pero no pudo ser. Y recuerdo que durante horas permanecí confusa y con los ojos cerrados para retomar aquella admirable visión; y con el rostro levantado hacia la bóveda celeste, abría los párpados de vez en cuando, cuidando de no confundirme con los excesos de luz del tráfico aéreo o de globos sonda, o con la vista ofuscada por el brillo de varias estrellas… Aquello fue maravilloso. Durante toda mi vida lo recordaré. Pero no volví a ver ningún cometa directamente, sólo por televisión o en el Planetario, y no era lo mismo. Pero fue así como comencé a apreciar las «Lágrimas de San Lorenzo» chorreando sobre mi rostro… Y llegado el momento, siempre que el cielo estaba despejado, me tumbaba sobre el campo y esperaba el delicioso encuentro sin cerrar los ojos…